Yo, el que escribe


Un día tome un cuadernito y empecé a escribir unas cosas. Años más tarde, me enamoré de una máquina de escribir eléctrica (gracias a dios) transcribí cuanta cosa había escrito alguna vez. Pese a mi afición por la computación, y tomando en cuenta que era uno de los pocos de mi generación que tuvo un TX metida en su cuarto con WordPerfect, seguí escribiendo  a máquina hasta que llegó el 386 a la casa con Windows 6.0 y un programita que me cambio la vida que se llama Word.

Ahora el tema de escribir se convirtió en un vals de teclas que bailan con ocho de mis dedos, que no he entrenado formalmente en el arte de la mecanografía como mi viejo, pero que tiene una visión funcional: dos de ellos aguantaron durante cinco años en Así es la Noticia el cigarro. Hoy no fumo como fumaba antes. Pero sistemáticamente sigo con las mismas manías que tuve desde el principio.

De todas todas, escribir se convirtió en una necesidad. Tengo en la casa cientos de cuadernos llenos de cosas. Todos iguales, escritos a lápiz. Con los años todo cambió al bolígrafo, pero eso fue cuando el periodismo en serio entro a mi vida. Al revisarlos el otro día pareciera que estallaban en mi cara las cosas que estaba leyendo, muy desordenada, sin criterio alguno, sin alguna necesidad especial, sin orientación… pero todos con nombres marcados.

Rebelde, punk, oposicionista descorazonado, lector de cuanta basura radical y clásica existiera, de eso se trataba, de hacer precisamente TODO LO CONTRARIO, pese a que tuve a uno de los mejores orientadores del mundo en lo que se trata de literatura, nunca le hice caso (Perdón Gustavo). Preferí cualquier cosa a Cortázar, preferí siempre a Aleixandre por encima de Lorca, preferí a los surrealistas franceses por encima de los malditos. Luego, por encima de todos, preferí a los venezolanos.

Conocer a Rafael Cadenas fue una de las mejores conversaciones sobre beisbol que he tenido. Conocer a Yolanda Pantin fue una de las conversaciones más chéveres sobre libros infantiles. Poder visitar a una amiga y vecina, Edda Armas, que se convirtió en tutora por encargo cuando destrozo mis poemas romanticochones y le dio más valor a los otros más amarrados y oscuros y que venían con seudónimo…  Conocer a Carmen Verde fue tener una amiga maravillosa para contarle sobre las niñas con las que salía, casi una relación de hermana mayor. Leer a Harry Almela, a Ramos Sucre, a las letras con cerrojos de Luis Alberto crespo, El techo de la ballena, Guaire, por siempre Guaire y no sé cuantas personas más. Beber con Carlos Brito, el primero que intentó ponerle orden a la pea. Conocer a Gonzalo Rojas (el chileno) y escuchar poesía beat americana de la mano de una de sus mejores exponentes, rodeados de amigos y gente que hacía lo mismo que uno, para después salir a beber a La Mosca y hablar de estupideces mundanas, así fue la adolescencia. Libros, poemas, cuentos, historias, Clases de latín y de francés, talleres de poesía y narrativa con Liendo, con Carlos Brito, con Padrón, con William Osuna, con Carmen Verde, con Marcotriliano y con gente maravillosa, en nada que te preparara para la vida, a menos que fueras, digamos, un erudito.

Pero yo no soy erudito.  Soy periodista. Me gusta la gente, la calle, preguntar más de lo que debo, saber más de lo que puedo, leer todo lo que caiga en mis manos, escribir, demasiado a veces no porque me gustara hacer 10 mil caracteres diarios o más, pero ese era el oficio y el mantra: Escribir. Escribir, escribir…

Pero las patadas de las calles de Caracas me sacaron de las vías. No era Andrés Mata ni Miguel Otero Silva, mucho menos Andrés Eloy. Sin embargo, el periodismo me dio la oportunidad de deshacer en pedazos la poesía que creí, hacia bien. Ahí quedó, relegada al mundo de los archivos muertos de nuestra inocencia mientras los muertos, las cárceles, la política, la sociedad, la necesidad te convertían en un reportero. Total para que, si al final soy un poeta prestado al periodismo que comienza cuando no sabe que escribir “era de noche y llovía”. Ese soy yo, el que no sabe lo que hace, pero lo hace lo mejor posible, sin darse cuenta que escribir no es un oficio. Escribir es lo que sé.

Después de años reflexionando sobre estas cosas. Decidí, ya de cabeza en el mundo digital, meterme en un experimento de literatura fresca, calientica, recién salida del horno, con errores corregibles, con lugares comunes a veces, sin ningún coto de que, a quien o por qué. Simplemente quería escribir y eso es este sitio… un placer que estoy redescubriendo.

No sé hasta dónde llegue… pero me está haciendo extremadamente feliz, pese a lo que digan los enfermos.

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