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Aburrimiento (2006)


Sea como sea, es viernes. Es viernes y llueve. Lo peor es que cuando llueve, nos quedamos todos en la casa y es mucho más probable que nos quedemos toda la noche sin hacer nada. Mercedes, mi compañera de apartamento, no ha llegado y por eso me di a la tarea de sentarme a cocinar para los dos. Mercedes y yo somos muy buenos amigos. Desde que terminamos la universidad hemos pasado muchas cosas, y por tanto decidimos que la mejor manera de resolver nuestras vidas de manera particular era intentando independizar nuestras existencias y lanzarnos a vivir juntos a la gringa en un apartamento pequeño en Bello Monte, donde por suerte, tenemos todo cerca. En la parte de abajo del edificio hay una Farmacia. En la cuadra del frente hay una panadería. En la parte de atrás hay un automercado. Pasan taxis, carritos, y si caminas un poco más, logras llegar al Metro sin mucho matarse.

No puedo negar lo atractiva que es Mercedes. Es una muchacha alta, de ojos verdes, con un rubio nada natural, pero que a decir verdad es uno de los mejores arranques de locura que se le ha pasado por la cabeza. No dejo de fastidiarla cuando los fines de semana se pasean en su bata de algodón por toda la casa con su cabello recogido a media cabeza, porque por más piropo que le diga, ella sigue pensando que esta gordita.

Nuestra amistad se había consolidado desde que hace algunos meses conseguimos alquilar este apartamento que hemos llenado a punta de donaciones de gente que le sobran muebles. Uno de ellos nos los donó Soledad, un sofá verde muy cómodo, pero que honestamente no tiene nada de elegante. El otro sofá nos los dio la Sra. Mendoza, que se estaba mudando a un apartamento más pequeño y no sabía que hacer con el monstruo que tenía en la sala, y como éste entraba por la puerta, decidimos cuidárselo mientras tanto. La nevera era una cosa vieja que tenía mi madre en el maletero de la casa. De verdad que para ser vieja, es una máquina que aún le quedan unas cuantas reparaciones más, porque es maravillosa para mantener la cerveza fría. La cocina la compró Mercedes en una barata que fuimos. Nos las tuvimos que traer en taxi. Por suerte, un chamo que tenía una pick up con la que estaba haciendo unas carreritas. Gracias a los ojos de descuento de Mercedes, ahora es uno de los asiduos de la casa.

Los cuartos si eran una cosa más particular. Mercedes se reía porque cuando nos mudamos no tenía más opción que dormir con el colchón en el suelo, hasta que logré conseguir dinero para comprar a crédito algo un poco más decente.

La biblioteca si fue un asunto más complicado. Estuvimos trabajando un fin de semana completo entre los dos tratando de hacer un mueble para los libros, más que bonito, resistente, porque entre los míos y los de ella hacíamos una biblioteca pública. Algunos, de la maestría, se iban al cuarto, donde tenía la computadora, el lugar más desastroso de toda la casa. Ella tenía su laptop, pero yo, tenía mi camastrón de mesa con la que pasaba horas conectado al Internet, a veces también trabajaba, y por supuesto, escribir.

Al final, la escuela de comunicación si que nos pasó como aplanadora. Mercedes seguía trabajando en la revista como editora, pero de vez en cuando le salía sus tigres como fotógrafo. Entonces arrastrábamos los sofás a una esquina e improvisábamos un estudio en la sala. Para eso nos habíamos inventado un intento de iluminación que hasta hoy nos había funcionado bastante bien. A veces hacíamos cosas con la cámara de video y nos divertíamos bastante. Una vez, con unas amigas, hicimos un video por aburrimiento, ellas bastante ligeras de ropas y algo húmedas… pues resulta que hoy es uno de los videos mas vistos en Internet. Mercedes estaba roja de la pena, pero no conozco vez en la que ella no se haya amilanado. Además que sus fotos quedaron de exposición.

En la mendigadera de cosas, logramos conseguir un televisor usado y compramos un DVD con dinero donado por Fundafamilia. Así, los fines de semana nos las pasábamos viendo películas. Como siempre, había muchos videos musicales, para alimentar nuestra necesidad melómana. Precisamente, conseguimos un amplificador y unas cornetas baratas en un lugar escondido en Chacao, y con un mp3 podemos escuchar toda la música que queramos… en fin, creo que son las únicas cosas que hemos comprado.  Estoy casi seguro que si esto fuera por noviazgo no hubiéramos conseguido ni la mitad de lo que tenemos.

El pollo estaba empezando a hacerse y el arroz estaba listo cuando sonó la puerta. Mercedes estaba bañada de pieza cabeza y parecía un pollo mojado, para más colmo, venía pataleando de la calentera porque de verdad estaba muy bellamente vestida. Al verla chorreando agua fui corriendo al baño y le busque una toalla para secarla.

La lleve al baño para sentarla en la poceta y comenzar a quitarle las medias y los zapatos. Le sequé la cabeza como un muchachito chiquito y sólo alcanzó a decirme entre sus pucheros “coño de la madre me sequé el cabello hoy”, a lo que intenté no soltar una carcajada porque sé muy bien que significa eso, en especial cuando tengo una madre peluquera.

Sus pecas se dibujaban bajo su camisa blanca mojada. Se notaba en sus hombros dorados. En su pecho húmedo. Bajo su dije de oro con una virgen de nácar. Tuve que dejarla en el baño porque tenía que darle la vuelta al pollo. Mientras se echaba un baño, terminé de cortar el tomate y el berro para la ensalada. Abrí la lata de palmito y lo corté en rodajas. Serví la comida en la mesa de centro, que es un regalo de la mamá de Mercedes, porque si es por ella come en el sofá verde. Saqué una botella de vino que nos quedaba de aquellas fiestas del día del periodista pues la única manera de exterminarle el stress es con vino blanco.

Cuando salió del baño se sorprendió que la cena estuviera lista. No era común que la consintiera de esa manera. Generalmente cada cual se resolvía su asunto por su lado. Se sentó a comer con muchísimo gusto, aunque rio a carcajada limpia cuando se dio cuenta que estábamos bebiendo vino en vasos de mermelada. “un día de estos vamos a ver quien le sobra unas copas por ahí”, a lo que le respondí que aún no conozco a nadie que desprecie unas copas.

Después de comer, Mercedes puso música. Prendió un cigarro, y se sentó en el sofá a cepillarse el cabello. En un rato después, me senté en el sofá y en un arranque de yo no sé que le pasa, se recostó de mi y empezamos a conversar de miles de cosas que teníamos sin hablar.

Empezamos a hacer una pesquisa de quién era capaz de regalarnos unas copas de vino blanco, aunque las de tinto tampoco nos vendría mal. Después nos dimos cuenta que debajo de la mesa de centro no le vendría mal una alfombra verde, que combine con la pared donde está la biblioteca, verde también.

De hecho, siempre pensamos que uno de los cuadros de Ricardo Aliotty, papá de Yelitza, era perfecto para la pared contraria, porque como era morado, se podía ver bien interesante, el asunto que le comenté es que el cuadrito en cuestión costaba unos cuantos millones, y que era más fácil pedírselo prestado para ver si alguno de nuestros amigos snobs se le despertaba el interés por el cuadro y nos podíamos quedar con una comisión.

Hubo un silencio incomodo, y no pude dejar de ver sus labios rosados. Sus ojos verdes me miraban hacia arriba y sus pecas me provocaban. El beso fue inevitable.

Es sábado, sábado de lluvia y de no hacer nada. Amanecimos arropados en el sofá verde. Ella dormía. Daba mucha risa, porque babeaba cuando dormía. Una ternura como ésta se dejaba pasar.

Era inevitable admirar a una mujer que había vivido tanto tiempo conmigo y que habíamos logrado tanto. Pero el sentimiento de culpa, ese del no debía haberlo hecho, era más fuerte que yo. Pero ella era demasiado mujer para dejarla ir. Mis viejos ya habían dicho que eso iba a pasar tarde o temprano, pues mi papá siempre dijo lo atractiva que era Mercedes, aunque siempre considero recordarme de su personalidad volátil. Mi madre decía que era muy linda pero que no debía inmiscuirme con mujeres de ese tipo por salud mental.

Sus viejos, por su parte, decían que ella no era capaz de aguantarme más de un mes porque éramos demasiado parecidos de carácter. Además que las peleas nuestras cuando estábamos estudiando eran de marca mayor. De hecho, mi novia para aquel momento, decía que no entendía como podíamos terminar las cosas que teníamos que entregar. El Novio de Mercedes decía que gracias a dios ella peleaba conmigo, porque se le quitaba las ganas de pelear con él.

Era sábado y llovía. Y aun no entiendo como esto puede estar pasando.

En la tarde paró de llover y salimos juntos a hacer mercado. Siempre se nos pasaba la mano con las cosas que necesitábamos. Lo bueno es que en la casa siempre había comida para alimentarnos. La neverita estaba llena y eso nos tranquilizaba. Esta fulana crianza de que la felicidad venía con una nevera llena nos acostumbró a tener esas cosas en orden.

Nos sentamos en la alfombra verde que nos dio la vecina del ocho a ver Globovisión y comer galletas. Al final pusimos una película de esas que habíamos encontrado en Sabana Grande, pero el aburrimiento nos llevó a los besos. Tomarla de la cintura, de contar sus pecas a besos. Dibujé con el dedo todos los puntos ocursos que manchaban su piel. Terminé inexplicablemente en su ombligo. La desnudez se portaba torpe en nosotros, era incomoda, si, pero era precisamente necesaria.

Desnuda, Mercedes buscó la cámara y comenzó a tomarnos fotos en el sofá. Algunas eran casi incompresibles. Entre cosquillas y fotos terminamos echados viéndonos las caras, uno sobre otro.

– ¿será que esto vale la pena que nos pase?

– Pues no sé, yo no estoy pensando en esas cosas. ¿Sabes?, de verdad que para estar aburrido es la mejor tarde que hemos pasado juntos.

– ¿Te lo esperabas?

– Nunca… por eso es que me gusta tanto.

Se recostó en mi pecho y quedo rendida.

Es domingo y seguía lloviendo. Yo estaba sentado en la computadora esperando un correo electrónico de un amigo que tenia una oferta de trabajo para filmar un documental. Ella devaneaba su silueta en el baño, enrollada en la toalla, mientras se secaba el cabello. Estaba tarareando una canción. De cuando en vez se asomaba con una morisqueta y seguía cantando. Entró a su cuarto a vestirse y sonó el teléfono.

Al salir, se sentó en mi cama. Con aires de preguntarme algo.

– Negro…

– Queeee…- pregunté cantando la respuesta.

– Sabes que estuve pensando…

– Aja

– No se si esto que nos esta pasando sea bueno o no sé.

– Bueno, por que lo preguntas.

– Porque me siento que estoy faltando a mis principios sabes… – tuve que voltear y verla a los ojos.

– ¿Por qué?

– Porque creo que somos amigos desde hace tanto tiempo que de verdad no deberíamos…

– Si, yo también pensé en eso… ¿pero no crees que si vamos a vivir la vida como es no es mejor hacerlo con tu mejor amigo? – eso valió el abrazo y el beso que me dio.

Es miércoles y dejó de llover desde el lunes. Mercedes, pidió unos días libres en la revista y el lunes se fue a Puerto la Cruz a visitar a la familia. Hasta entonces no habíamos hablado de más nada.

A eso de las 5 de la tarde me llama para decirme que está llegando a Caracas. “Por cierto, no crees que deberíamos convertir uno de los cuartos en estudio”, preguntó. Me estremeció a tal punto que solo atiné a responder: “¿y que hacemos con el otro cuarto?, porque últimamente dormimos en el sofá verde”. Una risa nerviosa de los dos ayudó a concluir que eso es para los días aburridos de lluvia.

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