Archivo de la etiqueta: Poesia

rimas de brisa


La brisa

se carga con la risa que llena toda la casa

se llama como se llaman todas la palabras

La cintura se llena

con dulzura

se hace más grande

más sorpresa

más esperanza

Abrazarte es apenas parte de mi alegria

¿abrazarte? no… abrazarlos.

La brisa

baila con la cortina blanca como soñaba

la brisa esa que te pinta la sonrisa.

 

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Teorema


Tu boca me ata a ideas improbables
carentes de razón y deseo
la supongo entre susurros de palabras importantes
que pierden el interés
cuando la comisura la encuentra
y esa sonrisa imperfecta
es un beso de nacar
si encontrara la manera

Habla
que verte hablar es abrazarme
a tus labios
a tu aliento
al desafuero del desencuentro innecesario
a hilvanar deseos
suponer tus ojos cerrados
el cálido dulzor de tu saliva
de licor dulce a terciopelo
mas te prefiero como presa furtiva
distraída
confiada
confinada a la espera
de ideas improbables

Un beso
¿qué es un beso?
Sólo la sombra inmencionable y distinta
una manera simple
de partir en dos el deseo

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Versos del capitán muerto


“¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! …” y muchos no conocen más del poema. “¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! …” repiten recordando a un sujeto que representó el maestro de sus sueños. Ese que le pedía que arrancara las primeras páginas de un libro en honor a la rebeldía que demostraban sus corazones adolescentes.

La palabra es poder… y conocerla es más poderoso aún.

“¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! …” era simplemente un verso que pudimos leer en Hojas de la Hierba es una traducción terrible de Panapo, en un librito verde aquella tarde de lluvia en una reunión de los inadaptados entre los desadaptados en el dogout de una cancha de beisbol de colegio.

Después, como la tradición nos remitía, buscamos la versión original en inglés en la biblioteca del colegio (saber una lengua distinta a la nuestra se convirtió más que una necesidad técnica, una necedad para leer cosas que siquiera soñábamos saber que existían), donde sólo teníamos acceso a las 5:00 pm. No éramos los ratones de biblioteca, éramos las ratas, tragapoesia, traganovelas, deseosos y e insolente con las letras. Muy torpes y muy experimentales… hasta que la disciplina de la lectura nos sentó. “¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! …” fue Withman, Yeats, Keats, los malditos franceses, la generación del 98 y luego la histórica generación 27, los surrealistas y todos los que les siguen…

El capitán se quedaba sólo. Era solo un poema mas entre mares de letras y tinta y papel  y figuras e imágenes y técnica y estética. Lo semántico era apenas un nivel de análisis. Estaba lo pragmático, que nos superaba con creces y éramos incapaces de percibirlo. Era algo más allá que un profesor capaz de subirse de pie a un pupitre y enseñarte el ritmo con la marcha en un patio.

Era leer, escribir, leer y releer, escribir nuevamente, corregir, discutir. Escuchar a Musapi, a Gonzalo Rojas, a Cadenas y a Montejo, a Yolanda y su poema a la mujer sola, a Carlos Brito y sus historias sobre beisbol, a Chino y su poesía de sol, a Carmen Verdes con sus versos de tierra, a Abraham Abraham con su matemática poética, o caerse a cervezas con William Osuna aprendiendo la mala calle. Era el Techo de la Ballena, era Guaire. Eran esos pares que tomaban los versos que les caían en las manos y hacían cosas maravillosas. Era tocar la poesía que estaba viva. (Nota: aquí falta muchisima gente, pero no se como meterlos todos).

Era Gustavo Portella, mi hermano. El dueño de muchos de esos versos que hoy atesoro y respeto. Asi como de muchas de esas historias que jamás serán contadas de aquella adolescencia que nos persigue, como si quisera evitar quedarse relegada en el olvido.

Era la poesía.

El Capitán quedó como una película que muchos tienen en el recuerdo como “lo mejor y más inspirador que han visto”, algo así como cuando yo vi Tiburón la primera vez. Debo reconocerlo. Valió la pena conocer a un maestro así. Pero la inspiración sin técnica es como tener mamá pero muerta.

Por eso, después de escribir esta canción adolecente de la lectura, hoy que remuevo mis libros y mis versos para colocarlos en nuevas estanterías, les dejo el poema completo, más allá que para recordarles que ese verso tiene otros versos que le siguen, es en homenaje a aquel que los pronunciaba. Las historias están llenas de momentos, y como a todos nosotros, la mía tiene algunos pies de esa cinta.

¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! Nuestro viaje ha terminado;

el buque tuvo que sobrevivir a cada tormenta, ganamos el premio que buscamos;

el puerto está cerca, escucho las campanas, todo el mundo está exultante,

mientras siguen con sus ojos la firme quilla, el barco severo y desafiante:

Pero ¡Oh corazón!¡Corazón!¡Corazón!

oh, las lágrimas se tiñen de rojo,

mi Capitán está sobre la cubierta,

caído muerto y frío.

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Levántate y escucha las campanas;

levántate, izan la bandera por ti, por ti suenan las cornetas;

por ti ramos y cintas de coronas, por ti se amontonan en las orillas;

Por ti te llama la influyente masa, giran sus rostros impacientes;

¡Aquí Capitán!¡Querido padre!

Este brazo bajo tu cabeza;

Es como un sueño sobre la cubierta,

Has caído muerto y frío.

Mi capitán no responde, sus labios están pálidos e inmóviles;

Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad;

El barco está anclado sano y salvo, el viaje ha terminado y se ha hecho;

De un viaje temeroso, el barco triunfador, entra con su objetivo realizado;

Exultamos, ¡oh costas y tañidos, oh campanas!

Pero yo, con triste pisada

Camino en cubierta donde está mi Capitán

Caído muerto y frío.

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Te tengo


Te tengo con conciencia.

Te tengo.

 

La risa que me envuelve

los ojos alegres

la mano que me roza

 

Porque los momentos son dispersos

se guardan con llave

y son más que el tiempo

 

Un acto egoísta de querernos

decirnos la verdad de madrugada

cuando solo nos escuchan los secretos

 

Te tengo.

Más que eso,

me tienes

ahí está el secreto.

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Cobarde


Dudo

por qué mis versos salen de la punta de tus dedos

del entrecanto de tu boca

de tu cabello despeinado y sin aroma

 

No encuentro conciencia

ante el acto imperceptible de escribir

de escribirte de la manera que te escribo

pues a la luces de los silenciosos

las palabras escritas son el deseo de los cobardes

a menos que te las recite al oído

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Ella de Nuevo…


Me encantó conseguir este poemario de Ana Enriqueta Terán. Lo voy a disfrutar mucho. Lástima que llegué tarde al festival mundial de poesía de este año. Por lo que vi estuvo fenomenal.

Me encantó conseguir este poemario de Ana Enriqueta Terán. Lo voy a disfrutar mucho. Lástima que llegué tarde al festival mundial de poesía de este año. Por lo que vi estuvo fenomenal.

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Comprendo la noche


Comprendo la noche
me ha acompañado siempre
esperando las luces de la mañana
susurrando los sonidos de la calle
por las rendijas de las ventanas

existe pornografía
películas viejas
unas cuantas imposibles de ver
muchos sitios de internet
y el suspiro del fatigado perro
que bufa por los sonidos del teclado

existen pensamientos
palabras… siempre las palabras
que terminan exhaustas algunas en la pantalla
muchas se pierden tristemente en la penumbra
de algunas ya ni me acuerdo

existen horas y minutos interminables.
ovejas contadas estrambóticamente
con el fin de conciliar el sueño ese
aquel que no se concilia

existen besos y botellas
canciones de despecho terrible
en los bares luminosos y agrestes
y chicas que sin mal o bien
desean pasar una noche distinta
si tienen suerte

pero lo que no existe es el sueño
el tiempo me ha permitido
comprendo la noche
pero ella no me comprende a mi

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Los libros aparecidos. Los poemas encontrados.


Tuve la oportunidad de salir de cacería a la Pulpería de los libros en Sabana Grande. Tengo gripe, pero esos paseos merecen la pena de alguna manera. La señora antipática y mal encarada no tiene ni idea lo mucho que significa para mi este paseo dentro de un sótano húmedo, desordenado, polvoriento y lleno de miles de historias que han sido contadas y están esperando ser parte del alma de una biblioteca de otro. Otro como yo.

Los libros no son casuales. No son una historia que acaba al cerrar el libro. Los escritores no son sujetos de suerte, son demiurgos que tienen por alguna razón algo que contar de lo que piensa, cree, sueña y ve; y como ustedes saben, hay escritores que son parte de la esencia de lo que somos. No es casual que les hable de Andres Eloy nuevamente. No es casual que les hable de Herman Hesse.

La bestia que muerde sus afiladas palabras

IMG-20140213-00459Yo siempre he dicho que Hesse me enseñó a escribir, aunque se pueda pensar que es algo peligroso hacer esa acotación. Sin embargo, hubo un momento de esos que las fuerzas poderosas de la naturaleza te ponen en sus manos las obras de semejante bestia en las manos… todas menos una: El Lobo Estepario. Este libro juzgó tanto mi lectura que me rehuyó malamente cada ves que pudo. Sidharta… Demian… Narciso… el viaje a oriente… sus poemas (aquí debo reconocer que Rilke también hizo algo de daño con sus consejos, pero esto es harina de otro costal) pero ese libro… Siempre fue rabioso, escurridizo, peligroso…

Por fin tuvimos ese fastuoso encuentro. fue un poco doloroso porque ver esa edición aporreada era terrible, sin embargo, todo este tiempo que ha pasado ha ablandado su carácter y deja que, al menos, pueda tomarla del lomo y acariciarla antes de que voltee el ocico y me muerda con sus encías sangrantes y afiladas palabras de sus primeras hojas. Al llegar a la casa la recosté en un lugar cómodo, esperando que se deje domar prontamente cuando termine con ese libro que ando leyendo en ese pequeño aparatito electrónico que me tiene distraído en los últimos días con los Juegos del Hambre.

Carlos Andrés pasó por la casa y trató de darle una caricia, y debo reconocer que aunque las heridas no fueron de gravedad, fueron suficientes para que le dejara quieto en su aposento. No me extraña la página marcada con el voucher de compra de aquel día…

Teatro mágico. Entrada no para cualquiera. No para cualquiera.

Giraluna y los versos de la conciencia

IMG-20140213-00458

Mi casa no era de cultivar mucho los versos. Eran de música, de rock, de salsa, de muchos libros, pero los versos, los pocos versos que conocía eran de los clásicos que mi papá debía leer, o de Aquiles y Andres Eloy. Los poemas fueron llegando poco a poco en libros y paseos… todo comenzó por culpa de Becquer, de Gabriela y de Pablo, quien por lo general me acompaña mientras escribo, reflexivo, pensando en el mar.

Aunque creo que Andres Eloy fue algo más maduro… fue cuando en una oportunidad me encontré con el poeta, con el periodista, con el cuentero, con el político… con el hombre de conciencia… con el hombre es escribió la conciencia: después de ello siempre quise ser así… Menuda tarea.

Casualmente, el poeta aparece con versos escritos en tres tomos que reúnen sus palabras en un cuento dejando un sendero de historia en mi biblioteca. Nunca había tenido su poesía en la mano como hoy… siempre eran esos poemas que se entrelazaban entre ellos cuando la palabra se dejaba… Andres, el poeta de las luchas, de la rebelión de la conciencia, de los versos exquisitos, del pensamiento claro y sensato, aparecía, como siempre, a aconsejarme el corazón y la memoria, como un abrazo sincero en un momento tan álgido.

Ya quisiera yo ser menos torpe, menos gordo, menos inútil para el cambio de conciencia que necesitamos. Solo se que soy un palabrero que cree en la libertad de prensa, en la libertad de pensamiento, y en la libertad de conciencia. Que odia el periodismo agachado y complaciente, que detesta las palabras floridas de los zátrapas que pretenden engañarnos con un discurso que resiste a un enemigo de palos y piedras, contra unos que pretenden levantarse en nombre de un pueblo que no come y que seguramente, comerá menos con los días.

¡Carajo Andres Eloy, cuándo has aparecido!

Y si. Leerlo me causa una curiosidad tremenda… hurgo en nuevamente entre las hojas porosas y amarillas de historia… y remito: ¿por qué exiliar a un hombre que escribe estos versos? y lo recuerdo, cuando en aquellas noches de redacción leía y releía las notas que tanto lío me causaron. Aquellas ocasiones que me tocó escribir las palabras a una persona que admiro y respeto, y que con la misma admiración y el mismo respeto, pronunció palabra por palabra eso que había escrito, cuando lanzó su campaña presidencia. Más orgullo me dio leer los comentarios que tuvo  la prensa ante tales palabras… (para salvedad propia, corro hacia adelante… no fue a Rosales… gracias a los astros no fue él) Pero no era yo el que escribía, escribía la conciencia que tengo como venezolano que siente y cree que la historia se tiene que escribir, con palabras claras y respetuosas, pero tambien con palabras bonitas… y hoy, sigo pensando igual. Debe ser “ese dulce mal del que me estoy muriendo”.

Nací en una revuelta,

viví una revolución

y me voy por la puerta de un idílio.

Estoy de pie en los campos

que mi calor maduró al fin para los hombres.

Ante mis ojos,

las llanuras que sabían a sangre

están tendidas, puestas a secar.

De la montaña ideológica

quedó una frase  de divinidad sustantiva:

el Hombre es una fuerza que ama.

Ayer fueron los lobos a comer a mi puerta

y el lobo es el hombre del lobo.

La tierra está calmada como después de un cuento.

Quien menos oye, oye amar a la semilla.

El caliente ecuador

es una rueda de amigos

y una espirar de voces  acuatiza en las nubes.

Yo vi el día solar en que murió la guerra

y puse mi reloj en el primer minuto.

Soy Magro. La calavera

asuma a flor de piel;

dos hilachas de nieve atraviesan la calva;

tengo el amarillento de las hojas de octubre

y mucho escrito en el pergamino de las manos.

Pero siento elásticos los tendones

y tengo una legua de mirada.

Aquí estoy en los campos.

Bebí el ultimo trago romántico

y el primer sorbo ultraísta.

Le di la vida, instante por instante,

todo, todo y la noche extra sobre el cuadrante.

Con la voz de mis horas Cantó ella;

lo que el camino me iba sembrando por los pies, 

me florecía en la cabeza.

Amor; viví bastante

para encontrar de nuevo a mi primera novia

y tomarla otra vez en su primera nieta.

Tuve archivo;

lo he ido quemando.

Amo al arte en el Poeta de Hoy, 

bello como el atleta griego,

tallado de deportes,

que salta de la cama al estadio

y va a la plaza pública, donde el pueblo lo usa

para lanzarlo como el disco en la armonía de la mañana.

Creo en el poeta útil,

soberanamente altruista,

y aladamente extraterritorial,

cuyo canto higienizado

sea un surtidor de salud

que se respire como u temperamento.

Tengo ciento tres años,

firmes, como erecciones.

Recuerdo el día

en que fui injertado en la glándula taumaturga.

El cirujano

sembró en mí la astilla de eternidad.

Para injertarme

trajeron a un gorila e timidez resuelta,

como la que da el ojo de un inmigrante joven.

Era un hermoso cuadrumano, 

el segundo de la selva

el hermano de leche de mi resurrección.

Al concluir el injerto,

quedé dormido.

Pero esa misma noche

empecé a sentir mi huesped moverse.

Se aclimata a mis vías urbanas

con torpeza de cirado pueblero.

Lo sentía saltar de rama en rama

hasta la copa de mi árbol circulatorio.

Lo sentía colgado por el rabo de mis nervios;

y al fin se fue asomando al sabor de mi boca

cuando la carne del balneario se desgajó sobre la arena.

Tengo ciento tres años,

firmes como erecciones,

y digo que la vida es buena de beberla.

Tengo cien hijos míos

y en mi próximo plano

seré el mejor logrado de mis nietos.

Tengo cien hijos míos

y uno que tuve en nombre de mi hermano el gorila,

porque puse el tenerlo mi pedazo de él.

Estoy de pie en los campos, esperando a mis hijos

para darle el santo y seña de mi vuelta.

Soy un siglo con erección de antena

y gozaré el sembrarme en el surco caliente.

Ese día -¡por fin!- la amada tierra y yo

acabaremos juntos.

Regresaré. El amor estará cosechando.

encontraré plantada una selva de madres

y al dar mi canto nuevo a los cuatro horizontes

regresarán mis hijos, eternos de esperarme.

Autoretrato. Andrés Eloy Blanco.

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La parte gris de todo esto…


Quiero una caricia

para guardarla en la luna

en los pedazos cuerdos

en los versos ahogados

escondido entre las raíces

cuando las noches sean sólidas en la ventana

entre lo insensible

entre los silencios

entre las gasas grises

de los encantos de la duermevela

 

Estoy dispuesto en dejarme ir

entregarme en la frontera

saltar grado tras grado por las luces

recordar una caricia

cuando lo pensable se disipe

 

Sin culpa alguna

extrañaré el olvido

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LOS HIJOS INFINITOS – Andrés Eloy Blanco


Para Ana

Español: Monumento al venezolano Andrés Eloy B...

Español: Monumento al venezolano Andrés Eloy Blanco en el Parque del Retiro de Madrid (España). Detalle. (Photo credit: Wikipedia)

Sé que Andrés Eloy es una referencia perenne en este sitio. Debe ser porque crecí recitando sus poemas en la casa, leyendo sus bromas, y con los años, sorprendiéndome de sus discursos políticos y sus habilidades como orador. Como hombre de pueblo, como político incansable y como gran venezolano, insisto, Andrés Eloy, sin dejar a un lado a otros intelectuales de su época, es el poeta, el periodista, el político y el humorista más influyente en la Venezuela Moderna.

Estoy leyendo una antología que conseguí en estos días: Andrés Eloy Blanco: Cuatro Dimensiones, de De la A a la Z Ediciones. Entre sus páginas me encontré con un poema que me recordó mucho a mi Anita.  Sabemos que entre sus vetos, sus presidios y sus intermitentes e interminables exilios, Andrés Eloy era un hombre familiar, con un profundo amor a su madre, a sus hermanas, a su esposa y sus hijos.

Como poeta de transición entre lo romántico y lo moderno, era muy común encontrarse versos profundamente influido por la literatura romántica, con una rima exquisita y un lenguaje que evoca al castellano culto y vernáculo de la época, lo que lo convierte en uno de los poetas populares y del habla culta más importante de esos años.

Pero al final, hablar de Andrés Eloy, (asunto que muchos podrán mencionar mucho mejor que yo obviamente) no es el foco de este poema. Encontré estos versos muy bonitos que consideré dedicarle a mi comadrita en estos días que está de cumpleaños, embarazada de una niña y con Santiago de dos años. Como siempre, mi maestro en la distancia del tiempo, escribió oportunamente este poema… que se parece a todos esos poemas que queremos recitar para la gente que amas y quieres cuando caminan preñadas de esperanza.

Cuando se tiene un hijo,
se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera,
se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga
y al del coche que empuja la institutriz inglesa
y al niño gringo que carga la criolla
y al niño blanco que carga la negra
y al niño indio que carga la india
y al niño negro que carga la tierra.

Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos niños
que la calle se llena
y la plaza y el puente
y el mercado y la iglesia
y es nuestro cualquier niño cuando cruza la calle
y el coche lo atropella
y cuando se asoma al balcón
y cuando se arrima a la alberca;
y cuando un niño grita, no sabemos
si lo nuestro es el grito o es el niño,
y si le sangran y se queja,
por el momento no sabríamos
si el ¡ay! es suyo o si la sangre es nuestra.

Cuando se tiene un hijo, es nuestro el niño
que acompaña a la ciega
y las Meninas y la misma enana
y el Príncipe de Francia y su Princesa
y el que tiene San Antonio en los brazos
y el que tiene la Coromoto en las piernas.
Cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala,
todo llanto nos crispa, venga de donde venga.
Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro
y el corazón afuera.

Y cuando se tienen dos hijos
se tienen todos los hijos de la tierra,
los millones de hijos con que las tierras lloran,
con que las madres ríen, con que los mundos sueñan,
los que Paul Fort quería con las manos unidas
para que el mundo fuera la canción de una rueda,
los que el Hombre de Estado, que tiene un lindo niño,
quiere con Dios adentro y las tripas afuera,
los que escaparon de Herodes para caer en Hiroshima
entreabiertos los ojos, como los niños de la guerra,
porque basta para que salga toda la luz de un niño
una rendija china o una mirada japonesa.

Cuando se tienen dos hijos
se tiene todo el miedo del planeta,
todo el miedo a los hombres luminosos
que quieren asesinar la luz y arriar las velas
y ensangrentar las pelotas de goma
y zambullir en llanto ferrocarriles de cuerda.

Cuando se tienen dos hijos
se tiene la alegría y el ¡ay! del mundo en dos cabezas,
toda la angustia y toda la esperanza,
la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega,
si el modo de llorar del universo
el modo de alumbrar de las estrellas.

LOS HIJOS INFINITOS – Andrés Eloy Blanco

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