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Versos del capitán muerto


“¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! …” y muchos no conocen más del poema. “¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! …” repiten recordando a un sujeto que representó el maestro de sus sueños. Ese que le pedía que arrancara las primeras páginas de un libro en honor a la rebeldía que demostraban sus corazones adolescentes.

La palabra es poder… y conocerla es más poderoso aún.

“¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! …” era simplemente un verso que pudimos leer en Hojas de la Hierba es una traducción terrible de Panapo, en un librito verde aquella tarde de lluvia en una reunión de los inadaptados entre los desadaptados en el dogout de una cancha de beisbol de colegio.

Después, como la tradición nos remitía, buscamos la versión original en inglés en la biblioteca del colegio (saber una lengua distinta a la nuestra se convirtió más que una necesidad técnica, una necedad para leer cosas que siquiera soñábamos saber que existían), donde sólo teníamos acceso a las 5:00 pm. No éramos los ratones de biblioteca, éramos las ratas, tragapoesia, traganovelas, deseosos y e insolente con las letras. Muy torpes y muy experimentales… hasta que la disciplina de la lectura nos sentó. “¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! …” fue Withman, Yeats, Keats, los malditos franceses, la generación del 98 y luego la histórica generación 27, los surrealistas y todos los que les siguen…

El capitán se quedaba sólo. Era solo un poema mas entre mares de letras y tinta y papel  y figuras e imágenes y técnica y estética. Lo semántico era apenas un nivel de análisis. Estaba lo pragmático, que nos superaba con creces y éramos incapaces de percibirlo. Era algo más allá que un profesor capaz de subirse de pie a un pupitre y enseñarte el ritmo con la marcha en un patio.

Era leer, escribir, leer y releer, escribir nuevamente, corregir, discutir. Escuchar a Musapi, a Gonzalo Rojas, a Cadenas y a Montejo, a Yolanda y su poema a la mujer sola, a Carlos Brito y sus historias sobre beisbol, a Chino y su poesía de sol, a Carmen Verdes con sus versos de tierra, a Abraham Abraham con su matemática poética, o caerse a cervezas con William Osuna aprendiendo la mala calle. Era el Techo de la Ballena, era Guaire. Eran esos pares que tomaban los versos que les caían en las manos y hacían cosas maravillosas. Era tocar la poesía que estaba viva. (Nota: aquí falta muchisima gente, pero no se como meterlos todos).

Era Gustavo Portella, mi hermano. El dueño de muchos de esos versos que hoy atesoro y respeto. Asi como de muchas de esas historias que jamás serán contadas de aquella adolescencia que nos persigue, como si quisera evitar quedarse relegada en el olvido.

Era la poesía.

El Capitán quedó como una película que muchos tienen en el recuerdo como “lo mejor y más inspirador que han visto”, algo así como cuando yo vi Tiburón la primera vez. Debo reconocerlo. Valió la pena conocer a un maestro así. Pero la inspiración sin técnica es como tener mamá pero muerta.

Por eso, después de escribir esta canción adolecente de la lectura, hoy que remuevo mis libros y mis versos para colocarlos en nuevas estanterías, les dejo el poema completo, más allá que para recordarles que ese verso tiene otros versos que le siguen, es en homenaje a aquel que los pronunciaba. Las historias están llenas de momentos, y como a todos nosotros, la mía tiene algunos pies de esa cinta.

¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! Nuestro viaje ha terminado;

el buque tuvo que sobrevivir a cada tormenta, ganamos el premio que buscamos;

el puerto está cerca, escucho las campanas, todo el mundo está exultante,

mientras siguen con sus ojos la firme quilla, el barco severo y desafiante:

Pero ¡Oh corazón!¡Corazón!¡Corazón!

oh, las lágrimas se tiñen de rojo,

mi Capitán está sobre la cubierta,

caído muerto y frío.

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Levántate y escucha las campanas;

levántate, izan la bandera por ti, por ti suenan las cornetas;

por ti ramos y cintas de coronas, por ti se amontonan en las orillas;

Por ti te llama la influyente masa, giran sus rostros impacientes;

¡Aquí Capitán!¡Querido padre!

Este brazo bajo tu cabeza;

Es como un sueño sobre la cubierta,

Has caído muerto y frío.

Mi capitán no responde, sus labios están pálidos e inmóviles;

Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad;

El barco está anclado sano y salvo, el viaje ha terminado y se ha hecho;

De un viaje temeroso, el barco triunfador, entra con su objetivo realizado;

Exultamos, ¡oh costas y tañidos, oh campanas!

Pero yo, con triste pisada

Camino en cubierta donde está mi Capitán

Caído muerto y frío.

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Te tengo


Te tengo con conciencia.

Te tengo.

 

La risa que me envuelve

los ojos alegres

la mano que me roza

 

Porque los momentos son dispersos

se guardan con llave

y son más que el tiempo

 

Un acto egoísta de querernos

decirnos la verdad de madrugada

cuando solo nos escuchan los secretos

 

Te tengo.

Más que eso,

me tienes

ahí está el secreto.

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Cobarde


Dudo

por qué mis versos salen de la punta de tus dedos

del entrecanto de tu boca

de tu cabello despeinado y sin aroma

 

No encuentro conciencia

ante el acto imperceptible de escribir

de escribirte de la manera que te escribo

pues a la luces de los silenciosos

las palabras escritas son el deseo de los cobardes

a menos que te las recite al oído

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