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Alquitrán


Chuo, como le decían, era un moreno pequeño y hacendoso en las labores de la casa. Le gustaba limpiar, cocinar y arreglar la casa. La casa no era muy grande. Se hacía más pequeña en las noches cuando llegaban todos de la calle a dormir: el, sus tres hermanos, sus tres hermanas, su madre y el catire.

Chuito era el único que quiso estudiar. Los chistes iban y venían burlándose todos los días porque Chuo salía de la casa limpiecito para la escuela. Sus Hermanos, callejeros y sinvergüenzas hacían lo que fuera para sonsacarle y evitar a toda costa su disciplina. Un día le enterraron el uniforme. Cuando lo encontró ya era tarde; sin embargo, se puso su uniforme lleno de tierra y se fue a la escuela como si nada importara. Al llegar de clases, dejó los libros en la mesa de la sala y uno a uno fue entrándoles a trompadas a sus hermanos. El catire sonreía mientras su madre aterrada le reclamaba por qué no los separaba… “ese… va ser más macho de todos los muchachos”.

Le gustaba la música y disfrazarse. En los carnavales se perdía entre la gente y llegaba tres días después con dinero en los bolsillos. Llevaba a los turistas a pasear por las mejores playas de la zona, les decía donde comer y donde quedarse a dormir, les mostraba el pueblo entero y en las noches los llevaba a las mejores fiestas del pueblo.

Cuando tuvo edad, el catire lo llevo a pescar. Tenía diez años (o eso dicen) cuando mucho. Fue una noche de esas que las nubes cubren todo el cielo y no se ve ni siquiera la luna. El mar estaba picado y de vez en cuando la lluvia los acechaba por segundos para parar y volver a llover. Sus hermanos se veían las caras porque no sabían que esperar.

En lluvias podía pasar cualquier cosa.  Catire siempre fue un pescador de mucha experiencia. Lanzaba la tarralla con una mano mientras que con la otra llevaba el motor de la lancha. Los gritos del carite siempre fueron violentos, seguidos de manotazos en la cabeza. Ese día llevaron más golpes que nunca, todos sus hermanos estaban mareados y empezaron a vomitar, por lo que las cosas no estaban saliendo como eran. Chuo sabía que era su primera vez. Se sentía animado y con ganas de no quedarle mal al catire.

Los colores se le subieron a la cara al catire. Pegaba gritos a Chuo para todos, mientras que les decía a los muchachos que eran unos inútiles de mierda. Cuando empezaron a recoger las redes, los peces salían por borbotones en el barco. Chuo halaba las redes con fuerza mientras que uno de sus hermanos vomitaba por la borda.

Cuando su hermano cayó al agua, el catire le dijo que lo dejara, que la red, esa última red, era más importante… con todas sus fuerzas, Chuo halo la red al bote y se lanzó a salvar al hermano que casi se ahogaba. El catire, dio vuelta al bote y enrumbo a la costa, dejando a los dos niños en el agua…

Chuo llego arrastrando al hermano por la manga, exhausto. El catire, con un paño en las manos y los pescados en cuñetes los miraba sonriente. “Bien… eso les pasa por no estar pilas… ahora suban esa vaina en la camioneta del viejo”. Luego de vomitar agua y cansancio, subieron los pescados en la cava que iba al mercado municipal. A la hora de irse, el catire le dijo que no le tocaba.

“Vas a untar todo el barco por dentro de alquitrán, dile al Chamo que te enseñe como”, señalando a un carajito rubio con los rulos y la cara quemados por el sol, que se encontraba parado al lado del  bote sacándose los mocos y con una totuma llena de una grasa negra y viscosa. “y hay que no quede cómo es, Memín”, dijo antes de arrancar.

Se gano el nombre del alquitrán. Después de aprender a calafatear los barcos, se llenó los bolsillos de plata para pagarse las clases, comprar libros y beber aguardiente los viernes. El catire le gustaba salir a pescar con el negro Chuo, pero nunca le dio dinero porque decía que con eso le daba de comer. Se había convertido en un muchacho de músculos grandes y de gran tamaño.

Sus días pasaban en la playa y en la escuela… y cuando podía, iba al cine a ver las películas de Pedro Infante y de Jorge Negrete, no porque le gustaba el cine, había algo en ellos que no dejaba de impactarle. Cuando vio Casablanca se enamoró perdidamente de los personajes. La vio tantas veces que se aprendió los diálogos de memoria.

Al cine siempre iban sus hermanas y su vecina Canelita. Para tener 15 años, Canela había sacado las caderas y unas tetas impresionantes. Los muchachos de la cuadra siempre la silbaban cuando iban al colegio, pero siempre Canela se guardaba de los abusadores en los brazos de Chuo. Su rostro era finito, con la nariz respingada y los labios finos. Su corazón, aunque no lo sabía, latía por su negro, y siempre que lo miraba le brillaban los ojitos. Su padre, el libanés del abasto, siempre recordaba a su madre cada vez que la veía: “belleza pura” le decía.

Canela soñaba en el cine igual que el negro. Iban siempre juntos a ver aquellas películas donde el héroe se quedaba con la heroína, donde Cleopatra se quedaba con Marco Antonio pese a Julio Cesar, donde la dama bonita se derretía enamorada con las canciones de Tin Tan, donde el amor era la única canción que escuchaban los dos.

Pero el Alquitrán no sabía como mirarla.

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