Los adioses están de más


Todos los días son diferentes cuando llega la noche. Pero esta noche el insomnio no pasó por mi casa y estábamos a punto de dormir. Yo apague el televisor en esa ocasión: mi esposa había ejercido una disciplina férrea sobre el dormir y sus fantasmas; en pocos meses de casados, había alejado los fantasmas, las ánimas y los programas de cocina de mi mente, había logrado, en muchos casos, con éxito, que lograra conciliar el sueño antes de las 11 de la noche más de dos días seguidos.

Sin embargo, cuando el sueño nos encontraba sonó el teléfono: “Jorge se está muriendo”, me decía mi madre. Eran las 11 de la noche de un martes en una fecha en la que todos por lo general no nos sobran el dinero para emergencias.

No supe a quien llamar. Mi impotencia era tal que era incapaz de pensar, de reaccionar, de llorar siquiera. Los teléfonos que marcaba aleatoriamente no contestaban. “eran las 11 de la noche”, pensaba, mientras que mi esposa, entre la sorpresa y el sueño, trataba de tranquilizar mis ánimos de intentar teletransportarme a la casa de Jorge y salvarle la vida al menos…

Eran las 11 y media cuando la llamada de mi madre confirmo la muerte de mi amigo. Tomé un segundo en medio del stress. Tome un cigarro, y en medio de la incipiente lluvia de esa noche, fumé. Esperando, como todas las cosas malas de la vida, al despertar nada de esto hubiera pasado.

*     *     *

 Eso de un hombre llorar era una estupidez. Me parecía una mariquera. Sin embargo, lloraba. Era carnaval y había terminado con mi novia en mitad de Sabana Grande. Nos dimos un beso largo, tragándome las lágrimas. Luego recibí un golpe de papelillo en la cara. No quería llegar a la casa, no sabía que decir por qué un hombre de 15 años tiene que llorar. Subí la escalera de la casa, los siete largos, sucios e inhumanos pisos para que el sudor pudiera justificar las lágrimas de imbécil que tenía.

En vez de entrar a la casa fui directamente a la puerta de en frente. Jorge abrió la puerta y se cago de la risa. No era normal que me viera con la cara larga en una nube de papelillos que aun revoloteaba a mis alrededores. “Qué te paso marico”. Conteste con media voz que había terminado con Gina. Sólo giró a los muchachos y a vox populi les dijo “vamos a celebrar… que al negro lo han mandado al carajo”, me dio una cerveza y ahí comenzó la noche más larga y borracha de nuestras vidas.

 *     *     *

En medio de las luces de la noche sabía que mi noche comenzaba. Hermano del alma había muerto y no era suficiente saberlo. No pude hacer nada para ir a sacarlo de su quebranto. El, que tantas veces se había hecho cargo de los míos.

En algunas ocasiones mi esposa se despertaba y trataba de articular palabra, sin embargo, sabía que cualquier cosa que ella dijera iba a ser un pañito de agua caliente nada más. Era mi tristeza. Algo que yo solamente sabía, pero que los muchachos ignoraban: yo tenía que ser el vocero y por más que mi vida fuera tejida de vocerías, está en particular, no era la que más me agradaba.

 A las tres de la mañana me paré, tomé una cerveza de la nevera y de di un profundo trago, de esos que siempre les he dado. Han pasado muchos años desde que nos conocimos. Años en los que Jorge era un adolescente y yo uno de los niños del edificio. Nos hicimos amigos no por casualidad. El vivía en frente, mis amigos fueron sus amigos para el futbol, para las mujeres y para el alcohol, para la música y para las conversaciones estériles hasta las 5 de la mañana.

Pero…

Hubo conversaciones de la intimidad de ambos que solo se reducían a pequeñas reuniones de libros, de poemas propios y ajenos, de lecturas y relecturas. Fue culpa de nuestra necesidad de saber y conocer la que nos convirtió en una especie de simbiosis de alumno-maestro, siempre incomoda, porque al final siempre ambicioné estar a su par, algo particularmente imposible.

 *     *     *

Huidobro me tenía de cabeza. Era como un viaje de alguien que estaba medio drogado y que trataba de decir lo que veía. Era como descubrir con los ojos de otro en cabeza propia. Necesitaba un cigarrillo y a mi edad y en mi casa era imposible poder fumar tranquilo. Y para vicios y preguntas siempre estaba Jorge en su casa, o siempre estaba la casa de Jorge.

– Ya sé que estás leyendo… te dije que comenzaras a leer a Cortazar primero…

– No voy a leer a Cortazar. Va contra mis principios. Todos los imbéciles que se creen escritores leen a Cortazar como si fuera un manual de escritura. Y detesto que todos se lean entre ellos diciendo que es “muy Cortazar”

– Pero es que hay que ver que eres medio marico. Cortazar es más digerible…

– Si, pero no pienso ser uno cronopio más en la literatura adolescente.

– Es que hay que ver…

Página por página, Jorge sirvió los rones de la noche, mientras que discutimos sobre Altazor, luego sobre poesía, para terminar en la Euro y en mujeres. No sabíamos por qué nuestras lecturas tenían cosas en común, tenía resoluciones interesantes, tenia segundos, minutos y horas que podían ser de ocio, pero era para los libros que leíamos.

 *     *     *

Han pasado quince años de ello y leí a Cortázar creo que el año pasado. Me divertía sus poemas de amores imposibles con una lesbiana, me encantó su bestiario, y me embelesé con Rayuela, y creo, pese a que algunos cuentos de esos días no pudieron salvarse, no me envenené de un estilo que sencillamente evitaba.

Cambie la cerveza por un trago de ron puro. La lluvia mataba asquerosamente ruidosa el techo de la casa y tuve que cerrar todas las ventanas. Los truenos retumbaban en las paredes de la casa. Ya me había atacado el insomnio. Solo quedaba esperar el amanecer para vestirme e irme a encontrarme con el mal sueño ese que quizá estoy teniendo.

Mi esposa se paró en la puerta del cuarto y me preguntó que tenía pensado volver a la cama.

– Negro, ya es muy tarde…

– Lo sé, pero mejor ve a dormir. Yo no tengo sueño.

– Pero… ¿qué puedes hacer? ¿Qué ganas con quedarte despierto?

No ganaba absolutamente nada. Simplemente la noche era demasiado larga para tener una pesadilla tan perpetua como la de hoy. Me quemaba el pecho la culpa de saber y tener que llamarlos a todos para decirle que las cosas habían pasado así y que yo no había hecho nada por salvarle la vida, o por lo menos, estar junto a mi compadre la noche en que decidió irse sin despedida. Muy a su manera.

Carmen se sentó en mis piernas para besarme la frente y acariciar mi cabello siempre desdeñoso. La lágrima incipiente que esperaba la voz de partida simplemente aceleró el paso por las mejillas. Ninguna otra Salió. Carmen sonrió, me tomó de la mano delicada y sobria como es ella y me colocó en la cama. Quedaban dos horas para ver las primeras luces de la mañana y tragar amargamente la verdad.

*     *     *

Demasiado alcohol. Tocaba el disco de “Pies Descalzos” de Shakira creo que por vez sopotocientas y me dolía la cabeza enormemente por el chichón que me hizo Juan Eduardo tratando de romper hielo en mi cabeza. Juan yacía felizmente en el suelo luego de tratar de besar a mi prima para después irse en vomito en una maceta.

Jorge estaba sentado junto a mí, balbuceando palabras que solo otro borrachos en condiciones similares podía entender: “Marico… tienes que aceptar que la mierda esa que te di el otro dia era muy buena… el tipo… hace… lo que nadie… hace”; haciendo referencia a aquel libro que si me preguntan no me acuerdo de quien era. Mucho menos ebrio.

Yo estaba embelesado con el amanecer. Las luces empezaron a deslumbrar poco a poco en todo el cielo y era increíble lo que mostraba, en especial, por aquellas nubes que como nieve bordeaban el horizonte desde es el banquillo verde de un jardín donde se sientan los borrachos ven el amanecer.

De repente volví en mi cuando Mike, uno de los hijos de la dueña de la posada llegaba en su carro: un chevette rojo que escupía vallenato por la ventana. Saltó del estruendoso carrito con tres botellas de miche

Jorge y yo nos empinamos por partes iguales una de esas botellas de aguardiente anisado. Luego no creo recordar mas nada. Amanecí en mi cama escuchando los cuentos de los muchachos. Terminé entrando por la ventana de la casa con un estruendoso ruido que despertó a todos. Jorge dormía abrazando su sueter hediondo. A su lado, tenía el libro que estaba leyendo. Creo que fue la primera vez que escuchaba de Huidobro y Altazor:

“Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad? / ¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa con la espada en la mano? / ¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios? / ¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser? / Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir / ¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce de todos los vientos del dolor? / Se rompió el diamante de tus sueños en un mar de estupor / Estás perdido Altazor / Solo en medio del universo / Solo como una nota que florece en las alturas del vacío/ No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza / ¿En dónde estás Altazor?”

*     *     *

Carmen me llama a las 6 de la mañana para despertarme… ya había amanecido.

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