Los escribidores nos entendemos


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¡Sorpresa sorpresa! Uno que vive en este momento tan digital de la vida, somos algunos (espero que seamos más de los que evidentemente parece) los que nos sorprendemos y agitamos con el olor del papel guardado y tintado de palabrerías. Mucho menos aquellos que nos hemos interesado por la técnica y la estilística de nuestra lengua o muchas otras lenguas que el destino nos depara.
Así se hace las relaciones de la palabra. Los que cuentan los cuentos, los que los leen, los que analizan a los que escriben, los que observan a los que leen, los que enseñan a escribir, los que enseñan a leer. Todos somos del mismo club. O al menos eso creía hasta que me di cuenta que andamos todos por nuestra cuenta.
Eso, en particular eso, es lo que nos entrega nuevas sorpresas. Cuando los escribidores nos conseguimos en los lugares, quizás, los más recónditos del camino, nos asalta la sorpresa y nos entregamos al encanto. Porque la pasión por las palabras, más allá de los eventos lecturarios, son cosa de colección.
Los escribidores nos conocemos por el libro de paso, que de vez en cuando se convierte el mismo. Nos conocemos por aquellos maestros que nos enseñaron a amar la lengua; por los autores que nos confirieron algo de su inteligencia para medir la palabra; nos conocemos por el callo de del pulgar izquierdo con el que nos acostumbramos a espaciar.
Los escribidores nos conocemos por las esdrújulas, por el síncope, y las palabras ralas en el énfasis; por ver más allá de los acentos y las comas, que en muchos casos son menos importantes a las pinceladas de la lengua que se definen en cada párrafo; nos conocemos porque tomamos notas en los poemas; por que escribimos en las esquinas los nuevos versos entregados al olvido o a la próxima lectura, lo que pase primero; nos conocemos porque nos encanta ver como una dama articula la palabra para luego convertirla en un compendio de cláusulas y frases.
Los escribidores nos conocemos porque nos odiamos entre nosotros y en ocasiones, nos odiamos nosotros mismos de cuando en cuando. Lo peor es que se nota cuando la escritura no es agraciada por nuestra conciencia y la rabia nos carcome, o peor aún, cuando leemos al otro que lo hace mejor, mucho mejor.
Cuando conocemos una dama que tiene la magia, nos embelesamos de sus manos, de sus palabras cuidadas y posadas en la oración, de sus ojos lectores detrás de los cristales de horas y desvelos. Parece cosa de amor y de amantes, pero es el placer de encontrarse a través de la palabra, a través de la lengua, mas en ocasiones, el placer de encontrarse en la lengua es simplemente un asunto de odio atrevido, hasta sano, sólo eso.

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