Los libros aparecidos. Los poemas encontrados.


Tuve la oportunidad de salir de cacería a la Pulpería de los libros en Sabana Grande. Tengo gripe, pero esos paseos merecen la pena de alguna manera. La señora antipática y mal encarada no tiene ni idea lo mucho que significa para mi este paseo dentro de un sótano húmedo, desordenado, polvoriento y lleno de miles de historias que han sido contadas y están esperando ser parte del alma de una biblioteca de otro. Otro como yo.

Los libros no son casuales. No son una historia que acaba al cerrar el libro. Los escritores no son sujetos de suerte, son demiurgos que tienen por alguna razón algo que contar de lo que piensa, cree, sueña y ve; y como ustedes saben, hay escritores que son parte de la esencia de lo que somos. No es casual que les hable de Andres Eloy nuevamente. No es casual que les hable de Herman Hesse.

La bestia que muerde sus afiladas palabras

IMG-20140213-00459Yo siempre he dicho que Hesse me enseñó a escribir, aunque se pueda pensar que es algo peligroso hacer esa acotación. Sin embargo, hubo un momento de esos que las fuerzas poderosas de la naturaleza te ponen en sus manos las obras de semejante bestia en las manos… todas menos una: El Lobo Estepario. Este libro juzgó tanto mi lectura que me rehuyó malamente cada ves que pudo. Sidharta… Demian… Narciso… el viaje a oriente… sus poemas (aquí debo reconocer que Rilke también hizo algo de daño con sus consejos, pero esto es harina de otro costal) pero ese libro… Siempre fue rabioso, escurridizo, peligroso…

Por fin tuvimos ese fastuoso encuentro. fue un poco doloroso porque ver esa edición aporreada era terrible, sin embargo, todo este tiempo que ha pasado ha ablandado su carácter y deja que, al menos, pueda tomarla del lomo y acariciarla antes de que voltee el ocico y me muerda con sus encías sangrantes y afiladas palabras de sus primeras hojas. Al llegar a la casa la recosté en un lugar cómodo, esperando que se deje domar prontamente cuando termine con ese libro que ando leyendo en ese pequeño aparatito electrónico que me tiene distraído en los últimos días con los Juegos del Hambre.

Carlos Andrés pasó por la casa y trató de darle una caricia, y debo reconocer que aunque las heridas no fueron de gravedad, fueron suficientes para que le dejara quieto en su aposento. No me extraña la página marcada con el voucher de compra de aquel día…

Teatro mágico. Entrada no para cualquiera. No para cualquiera.

Giraluna y los versos de la conciencia

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Mi casa no era de cultivar mucho los versos. Eran de música, de rock, de salsa, de muchos libros, pero los versos, los pocos versos que conocía eran de los clásicos que mi papá debía leer, o de Aquiles y Andres Eloy. Los poemas fueron llegando poco a poco en libros y paseos… todo comenzó por culpa de Becquer, de Gabriela y de Pablo, quien por lo general me acompaña mientras escribo, reflexivo, pensando en el mar.

Aunque creo que Andres Eloy fue algo más maduro… fue cuando en una oportunidad me encontré con el poeta, con el periodista, con el cuentero, con el político… con el hombre de conciencia… con el hombre es escribió la conciencia: después de ello siempre quise ser así… Menuda tarea.

Casualmente, el poeta aparece con versos escritos en tres tomos que reúnen sus palabras en un cuento dejando un sendero de historia en mi biblioteca. Nunca había tenido su poesía en la mano como hoy… siempre eran esos poemas que se entrelazaban entre ellos cuando la palabra se dejaba… Andres, el poeta de las luchas, de la rebelión de la conciencia, de los versos exquisitos, del pensamiento claro y sensato, aparecía, como siempre, a aconsejarme el corazón y la memoria, como un abrazo sincero en un momento tan álgido.

Ya quisiera yo ser menos torpe, menos gordo, menos inútil para el cambio de conciencia que necesitamos. Solo se que soy un palabrero que cree en la libertad de prensa, en la libertad de pensamiento, y en la libertad de conciencia. Que odia el periodismo agachado y complaciente, que detesta las palabras floridas de los zátrapas que pretenden engañarnos con un discurso que resiste a un enemigo de palos y piedras, contra unos que pretenden levantarse en nombre de un pueblo que no come y que seguramente, comerá menos con los días.

¡Carajo Andres Eloy, cuándo has aparecido!

Y si. Leerlo me causa una curiosidad tremenda… hurgo en nuevamente entre las hojas porosas y amarillas de historia… y remito: ¿por qué exiliar a un hombre que escribe estos versos? y lo recuerdo, cuando en aquellas noches de redacción leía y releía las notas que tanto lío me causaron. Aquellas ocasiones que me tocó escribir las palabras a una persona que admiro y respeto, y que con la misma admiración y el mismo respeto, pronunció palabra por palabra eso que había escrito, cuando lanzó su campaña presidencia. Más orgullo me dio leer los comentarios que tuvo  la prensa ante tales palabras… (para salvedad propia, corro hacia adelante… no fue a Rosales… gracias a los astros no fue él) Pero no era yo el que escribía, escribía la conciencia que tengo como venezolano que siente y cree que la historia se tiene que escribir, con palabras claras y respetuosas, pero tambien con palabras bonitas… y hoy, sigo pensando igual. Debe ser “ese dulce mal del que me estoy muriendo”.

Nací en una revuelta,

viví una revolución

y me voy por la puerta de un idílio.

Estoy de pie en los campos

que mi calor maduró al fin para los hombres.

Ante mis ojos,

las llanuras que sabían a sangre

están tendidas, puestas a secar.

De la montaña ideológica

quedó una frase  de divinidad sustantiva:

el Hombre es una fuerza que ama.

Ayer fueron los lobos a comer a mi puerta

y el lobo es el hombre del lobo.

La tierra está calmada como después de un cuento.

Quien menos oye, oye amar a la semilla.

El caliente ecuador

es una rueda de amigos

y una espirar de voces  acuatiza en las nubes.

Yo vi el día solar en que murió la guerra

y puse mi reloj en el primer minuto.

Soy Magro. La calavera

asuma a flor de piel;

dos hilachas de nieve atraviesan la calva;

tengo el amarillento de las hojas de octubre

y mucho escrito en el pergamino de las manos.

Pero siento elásticos los tendones

y tengo una legua de mirada.

Aquí estoy en los campos.

Bebí el ultimo trago romántico

y el primer sorbo ultraísta.

Le di la vida, instante por instante,

todo, todo y la noche extra sobre el cuadrante.

Con la voz de mis horas Cantó ella;

lo que el camino me iba sembrando por los pies, 

me florecía en la cabeza.

Amor; viví bastante

para encontrar de nuevo a mi primera novia

y tomarla otra vez en su primera nieta.

Tuve archivo;

lo he ido quemando.

Amo al arte en el Poeta de Hoy, 

bello como el atleta griego,

tallado de deportes,

que salta de la cama al estadio

y va a la plaza pública, donde el pueblo lo usa

para lanzarlo como el disco en la armonía de la mañana.

Creo en el poeta útil,

soberanamente altruista,

y aladamente extraterritorial,

cuyo canto higienizado

sea un surtidor de salud

que se respire como u temperamento.

Tengo ciento tres años,

firmes, como erecciones.

Recuerdo el día

en que fui injertado en la glándula taumaturga.

El cirujano

sembró en mí la astilla de eternidad.

Para injertarme

trajeron a un gorila e timidez resuelta,

como la que da el ojo de un inmigrante joven.

Era un hermoso cuadrumano, 

el segundo de la selva

el hermano de leche de mi resurrección.

Al concluir el injerto,

quedé dormido.

Pero esa misma noche

empecé a sentir mi huesped moverse.

Se aclimata a mis vías urbanas

con torpeza de cirado pueblero.

Lo sentía saltar de rama en rama

hasta la copa de mi árbol circulatorio.

Lo sentía colgado por el rabo de mis nervios;

y al fin se fue asomando al sabor de mi boca

cuando la carne del balneario se desgajó sobre la arena.

Tengo ciento tres años,

firmes como erecciones,

y digo que la vida es buena de beberla.

Tengo cien hijos míos

y en mi próximo plano

seré el mejor logrado de mis nietos.

Tengo cien hijos míos

y uno que tuve en nombre de mi hermano el gorila,

porque puse el tenerlo mi pedazo de él.

Estoy de pie en los campos, esperando a mis hijos

para darle el santo y seña de mi vuelta.

Soy un siglo con erección de antena

y gozaré el sembrarme en el surco caliente.

Ese día -¡por fin!- la amada tierra y yo

acabaremos juntos.

Regresaré. El amor estará cosechando.

encontraré plantada una selva de madres

y al dar mi canto nuevo a los cuatro horizontes

regresarán mis hijos, eternos de esperarme.

Autoretrato. Andrés Eloy Blanco.

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