LOS HIJOS INFINITOS – Andrés Eloy Blanco


Para Ana

Español: Monumento al venezolano Andrés Eloy B...

Español: Monumento al venezolano Andrés Eloy Blanco en el Parque del Retiro de Madrid (España). Detalle. (Photo credit: Wikipedia)

Sé que Andrés Eloy es una referencia perenne en este sitio. Debe ser porque crecí recitando sus poemas en la casa, leyendo sus bromas, y con los años, sorprendiéndome de sus discursos políticos y sus habilidades como orador. Como hombre de pueblo, como político incansable y como gran venezolano, insisto, Andrés Eloy, sin dejar a un lado a otros intelectuales de su época, es el poeta, el periodista, el político y el humorista más influyente en la Venezuela Moderna.

Estoy leyendo una antología que conseguí en estos días: Andrés Eloy Blanco: Cuatro Dimensiones, de De la A a la Z Ediciones. Entre sus páginas me encontré con un poema que me recordó mucho a mi Anita.  Sabemos que entre sus vetos, sus presidios y sus intermitentes e interminables exilios, Andrés Eloy era un hombre familiar, con un profundo amor a su madre, a sus hermanas, a su esposa y sus hijos.

Como poeta de transición entre lo romántico y lo moderno, era muy común encontrarse versos profundamente influido por la literatura romántica, con una rima exquisita y un lenguaje que evoca al castellano culto y vernáculo de la época, lo que lo convierte en uno de los poetas populares y del habla culta más importante de esos años.

Pero al final, hablar de Andrés Eloy, (asunto que muchos podrán mencionar mucho mejor que yo obviamente) no es el foco de este poema. Encontré estos versos muy bonitos que consideré dedicarle a mi comadrita en estos días que está de cumpleaños, embarazada de una niña y con Santiago de dos años. Como siempre, mi maestro en la distancia del tiempo, escribió oportunamente este poema… que se parece a todos esos poemas que queremos recitar para la gente que amas y quieres cuando caminan preñadas de esperanza.

Cuando se tiene un hijo,
se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera,
se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga
y al del coche que empuja la institutriz inglesa
y al niño gringo que carga la criolla
y al niño blanco que carga la negra
y al niño indio que carga la india
y al niño negro que carga la tierra.

Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos niños
que la calle se llena
y la plaza y el puente
y el mercado y la iglesia
y es nuestro cualquier niño cuando cruza la calle
y el coche lo atropella
y cuando se asoma al balcón
y cuando se arrima a la alberca;
y cuando un niño grita, no sabemos
si lo nuestro es el grito o es el niño,
y si le sangran y se queja,
por el momento no sabríamos
si el ¡ay! es suyo o si la sangre es nuestra.

Cuando se tiene un hijo, es nuestro el niño
que acompaña a la ciega
y las Meninas y la misma enana
y el Príncipe de Francia y su Princesa
y el que tiene San Antonio en los brazos
y el que tiene la Coromoto en las piernas.
Cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala,
todo llanto nos crispa, venga de donde venga.
Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro
y el corazón afuera.

Y cuando se tienen dos hijos
se tienen todos los hijos de la tierra,
los millones de hijos con que las tierras lloran,
con que las madres ríen, con que los mundos sueñan,
los que Paul Fort quería con las manos unidas
para que el mundo fuera la canción de una rueda,
los que el Hombre de Estado, que tiene un lindo niño,
quiere con Dios adentro y las tripas afuera,
los que escaparon de Herodes para caer en Hiroshima
entreabiertos los ojos, como los niños de la guerra,
porque basta para que salga toda la luz de un niño
una rendija china o una mirada japonesa.

Cuando se tienen dos hijos
se tiene todo el miedo del planeta,
todo el miedo a los hombres luminosos
que quieren asesinar la luz y arriar las velas
y ensangrentar las pelotas de goma
y zambullir en llanto ferrocarriles de cuerda.

Cuando se tienen dos hijos
se tiene la alegría y el ¡ay! del mundo en dos cabezas,
toda la angustia y toda la esperanza,
la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega,
si el modo de llorar del universo
el modo de alumbrar de las estrellas.

LOS HIJOS INFINITOS – Andrés Eloy Blanco

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