POEMAS DE SU BOCA (2)


La cuentacuentos se levantó de la silla y comentó que no se acordaba muy bien del poema… pero que para ello había buscado y encontrado el libro. Lo traía en las manos: ilustrado, de bonitos colores, así, así, como es ella. Lo tomaba entre su pecho como si fuera un tesoro: para ella los libros son un tesoro y por esa razón ella los carga como tal. Es normal. Ella se levantó de la silla así: como un hada de cuento, que tiene los tesoros más preciados en una gaveta, cosas que otros creerían que son herrumbre y estropajo.

*             *             *

Rubén Darío era uno de esos poetas que no entendía. Silvana Rénola de Losada, profesora de Literatura de Humanidades en el San Ignacio, además de ser una gran maestra de otras cientos de cosas, hablaba de Rubén Darío como si estuviera hablando de dios nacido entre los hombres, y nadie entendía. Yo que para aquellos días tenía cierta aversión por su poesía, renegaba de él así como de William Osuna. Era un “Romántico”, decía. Algo que un joven adolescente podía renegar libremente sin el conocimiento necesario y no pasar por un simple estúpido.

 Silvana, tal como si fuera yo un muchacho de tercer grado, me tomó de la oreja y me encerró en el salón de profesores después de una clase de literatura interminable, repleta de improperios contra el poeta… “ese es el daño que te hizo el poemario de Luis Edgardo Ramírez, yo lo sé…” y con tiza en mano, a la antigua, pues, tomó unos cuantos poemas del mentado y me hizo copiarlos uno a uno en la pizarra. Luego me trajo a la luz: “este poeta es un genio, y te lo voy a demostrar…”

 Minutos después, no salía de mi asombro…

*             *             *

Años antes había estudiado la métrica del verso. Fue algo así como un ejercicio de Baldor… De repetir y repetir los versos matemáticamente, uno tras otro, contándolos sílaba por sílaba.

Esa tarde, releyendo a aquel que renegaba malamente. Conté una a una sus líneas, las licencias y los acentos, sin desatender el ingenioso malabarismo de palabras y la estética pura y perfecta del poeta.

Me senté en clases de historia del arte boquiabierto y abyecto a causa del trabajo que había realizado la tarde anterior. “Magnífico”, dije, mientras que Silvana seguía hablando de Van Dijk. Ella sabía que yo seguía en los versos del poeta aún, mientras ella enseñaba acerca de los pintores flamencos…

*             *             *

 La cuentacuentos no recitaba… Danzaba por la casa, batiendo sus cabellos castaños, en los que torpemente se le enredaban los versos que salían revoloteando de su boca. Bailó y bailó hasta que se acabaron las páginas en un segundo de satisfacción plena.

Ana volvió a tocar tierra. La cuentacuentos había muerto como las flores, como acostumbraba a morir después de acabar la historia, mas no sin antes dejar la casa totalmente impregnada de su aroma dulcísimo a nardos.

 … así narró los versos de Rubén Darío Ana Carlota Nuñez París, en una noche de sanduches, berros, estrellas y poemas sonámbulos.

Margarita, está linda la mar,

y el viento

lleva esencia sutil de azahar;

yo siento

en el alma una alondra cantar:

tu acento.

Margarita, te voy a contar

un cuento.

Éste era un rey que tenía

un palacio de diamantes,

una tienda hecha del día

y un rebaño de elefantes,

un kiosko de malaquita,

un gran manto de tisú,

y una gentil princesita,

tan bonita,

Margarita,

tan bonita como tú.

Una tarde la princesa

vió una estrella aparecer;

la princesa era traviesa

y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla

decorar un prendedor,

con un verso y una perla,

y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas

se parecen mucho a ti:

cortan lirios, cortan rosas,

cortan astros. Son así.

Pues se fué la niña bella,

bajo el cielo y sobre el mar,

a cortar la blanca estrella

que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,

por la luna y más allá;

mas lo malo es que ella iba

sin permiso del papá.

Cuando estuvo ya de vuelta

de los parques del Señor,

se miraba toda envuelta

en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: “¿Qué te has hecho?

Te he buscado y no te hallé;

y ¿qué tienes en el pecho,

que encendido se te ve?”

La princesa no mentía.

Y así, dijo la verdad:

“Fuí a cortar la estrella mía

a la azul inmensidad.”

Y el rey clama: “¿No te he dicho

que el azul no hay que tocar?

¡Qué locura! ¡Qué capricho!

El Señor se va a enojar.”

Y dice ella: “No hubo intento;

yo me fuí no sé por qué;

por las olas y en el viento

fuí a la estrella y la corté.”

Y el papá dice enojado:

“Un castigo has de tener:

vuelve al cielo, y lo robado

vas ahora a devolver.”

La princesa se entristece

por su dulce flor de luz,

cuando entonces aparece

sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice: “En mis campiñas

esa rosa le ofrecí:

son mis flores de las niñas

que al soñar piensan en mí.”

Viste el rey ropas brillantes,

y luego hace desfilar

cuatrocientos elefantes

a la orilla de la mar.

La princesita está bella,

pues ya tiene el prendedor

en que lucen, con la estrella,

verso, perla, pluma y flor.

Margarita, está linda la mar,

y el viento

lleva esencia sutil de azahar:

tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,

guarda, niña, un gentil pensamiento

al que un día te quiso contar

un cuento.

Rubén Darío

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