Notas de ti dormida


La línea te recorre entre las sombras confundiéndose con los contornos de la sábana. Resalta tu boca, tu nariz perfecta, las lívidas pestañas que simulan la curva perfecta de tus párpados. Estas dormida, eso parece.
De ahí, como de cisne, tu cuello devela los perfectos músculos que llevan a los huesos de la clavícula. Tus hombros, luego tus pecas más a detalle. Es imposible dejar de pasar por el delicado hilo dorado que cuelga de tu cuello.
En todo el recorrido, se encuentran los pequeñísimos vellos casi imperceptible en toda tu piel, con la textura exacta del terciopelo.
Así llego maliciosamente a tus pechos de agua fresca, redondos y sonrientes. El aroma de tu pecho es totalmente distinto: no sé si es a crema dulzona y tremenda, o es a esas flores que siempre me recuerdan a ti. Su vaivén me lo confirma… Sigues dormida… Quieta, perfecta.
La sabana sigue tu figura al calco. La cintura mínima, la cadera prominente y rencorosa, celosa de los deseos y señora del caminar, del vaivén y los tequieros.
El comienzo de tus piernas, otro decir… Las piernas. Ellas se entrelazan, se abrazan, se dispersan y nuevamente reúnen  entrelázandome, abrazándome, dispersándome y reuniéndome a ti como una danza eterna y nocturna, con una leve caricia de pies. 

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