La paz que no soporta


Ella tenía la vista apesadumbrada mientras miraba por la ventana de jueves lluvioso de la cocina. El agua corría por la ventana deformando la visión, chorreando la calle, matando la distancia.
Lo recordaba. Venía a su mente esos momentos en el que disfrutaba la sensación de su voz. “Quédate” le decía cuando llovía en las mañanas. Ella nunca se dio esa licencia: la clínica siempre prelaba, siempre.
Recordaba como estiraba la mano con un lamento ahogado y risible, divertido… “Noooooo” gritaba el mientras ella dejaba ver por segundos mínimos sus nalgas redondas cuando caminaba desnuda al baño.
El reía. Sabía que ese era su talón de Aquiles, la hoja de Sigfrído, la Criptonita de Súperman, la oscuridad de Birdman. “Desnuda como quieras, menos las nalgas” decía.
No se preguntaba como dejó que pasara, por qué lo hizo, o peor aún, por qué dejó que atravesará la puerta esa tarde que discutieron. El sólo se fue. Tomó sus cosas y se fue, y dejó todo como había quedado: solo, sucio, triste, apesadumbrado. Lo único distinto era su recuerdo, su recuerdo como pieza fugaz de fantasía.
Pero su recuerdo era muchas cosas… El olor a pies, las toallas mojadas en la cama, el rollo de papel acabado, el olor sexy a champú de niña y a su jabón de olor favorito. El aroma a sus huevos domingueros y despertántes, sus arepas cuadradas y su afán de beber jugo de naranja desde el pote. Su gusto por el cine de autor, por dejar los libros roidos y acabados en cualquier parte, de fumar el cigarrillo hasta el filtro y de servir los rones muy fuertes.
El tono de su voz desafinado e histérico cuando cantaba canciones de fito en la ducha, su aliento a recién cepillado, su mano en la cadera toda la noche, su beso de buenos días, justo, preciso, e infaltable en el mismo centímetro del cuello todas las mañanas. Su necesidad de hacer el amor en cada lugar y momento que le apetecía, y que la saciaba.
Todo por culpa del maldito trabajo. Todo porque por tercera vez le pidió que le concediera un deseo, un regalo, una licencia que ella no concedió. Así, nuevamente sola, vestida de jueves lluvioso así como sus ojos, siente una paz que no soporta.

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