Nosotros, los combatientes, también caemos…


Tengo 34 años. Cuando el presidente termine su mandato, tendré 40. La primera vez que voté tenía 19, y gano el tipo. Cuando lo conocí, por televisión obviamente, tenía 11. Creo que tengo derecho a estar harto de él, especialmente cuando el día que lo vi, no estuve de acuerdo de ningún modo con lo que ocurría.
Eduardo y yo, un gran amigo de la infancia, logramos recoger de cuanto diario encontramos para la fecha, entre ellos el Diario de Caracas -un diario totalmente gráfico y de vanguardia- toda la información que vivimos entre el 4 de febrero y el 27 de noviembre de esos años. Casualmente, revisando las cosas que me voy llevando poco a poco de casa de mi señora madre, me encontré con el cuadernito 20 años después. Lo revisé el 7 de octubre de 2012, casualmente.
Eran años de fugas rafagales a los centros de estudios de poesía, fueron días de ocio terrible y de lecturas carnívoras, más que de incertidumbre, fue en los días en los que decidí que el periodismo tenía que ser mi forma de vida. Desde ese día nunca me he refugiado como en aquella ocasión. Todo tenía que verlo, tocarlo, sentirlo entenderlo desde la primera visión, no desde la cajita de colores.
Aprendí que nada sesga más que la ignorancia y me dedique a saberlo todo, leerlo todo, entenderlo todo, y aunque no sea suficiente, escucharlo todo, en especial en las miles de horas de cadena, alocuciones, discursos, aló presidente, eso… y aún no me convence.
Lo llegue a conocer personalmente en alguno de esos plantones fenomenales en Miraflores, y debo reconocer que el tipo emana una energía increíblemente poderosa, influyente, pero el tipo no me encanta, no me intimida. De hecho, me convierte en un ser combativo y molesto. Soy entonces, el pepito preguntón cuando está el tipo.
A varios nos botaron de Miraflores, nos quitaron la cámara y nos velaron los rollos (parece hace mucho, pero eso fue ahí mismito) nos volaron grabadores, y nos pasaron cosas insólitas que es mejor no contar… Solo cabe destacar que la doña decía que tenía que haber aprendido un oficio en vez de estudiar tanto… Pero este es el oficio de la calle, el de conocerse y reconocerse como pueblo, el de carajo, contar lo que uno ve y sabe, el de no dejarse engañar con el poder y sus vericuetos, el de no dejarse intimidar por sus trompadas. Por eso cuando estoy con el cielo descubierto, la libreta en la mano y con el asfalto quemándonos las suelas, estoy en la oficina.
Tengo amigos que creen en el tipo y en el proceso, y si, son mis amigos, mis hermanos del alma, por más chavistas que sean. Ellos han aprendido a respetarme y yo a ellos, hemos trabajado juntos miles de veces y hemos hecho cosas maravillosas. En los líos nos hemos encontrado y nos hemos respetado la cara, la ideología, el espacio y la humanidad. Por eso tengo menos golpes en el cuerpo, por eso tengo menos patadas en el lomo, por eso, creo y tengo que ser honesto, estamos vivos.
Hugo no me cambia la existencia, Hugo no me hace ni mejor ni peor, Hugo no me hacer feliz, y mucho menos me da lo que necesito. Hugo ha sido la vida política que he tenido, pero no la dirige ni la conciencia. Que si he sido Revolucionario y Bolivariano, si lo he sido, pero nunca Chavista, esa es mi diferencia…
Entre las miles de conversaciones intensas de este fin de semana, tuve la oportunidad de ver a los ojos a uno de los corazones más puros que conozco, y me decía que tenía dos objetivos en la vida: hacer una familia y disfrutar de la vida, y en este momento, siente que no puede. Mi padre, un hombre de 64 años que tenía la esperanza de poder recoger lo que sembró en 20 años en la empresa petrolera que nos dio todo, hoy no tiene nada y no ha levantado cabeza desde el 2004. Mis amigos son una necesidad virtual por el Skype, todos regados por el mundo y ni un espacio cierto para poder hacer una vida en común, como lo hicimos durante años de colegio, de vida, de juegos, de, ¡que se yo! de compartir. Mis hermanos tienen la posibilidad de pisar nuevas tierras, nuevos caminos, aventurarse, y no les pido, les exijo que lo hagan.
En cambio yo, estoy aquí, amando Venezuela, amándola con el pecho a tierra y el fusil en la punta de los dedos, iluso y pendejo, esperando que la gente entienda que Hugo no es la salida para todos, tratando de evangelizar a aquellos que se quieren ir corriendo de mi país a buscar opciones. Por el otro lado estoy yo tratando de convencerme que ellos tienen razón, que cada vez son menos los que están de mi lado. Que cada día nos menos los que me acompañan en la lucha, que cada día son menos los de la esperanza… especialmente porque si tenemos la oportunidad de conocer un nuevo presidente, yo tendré cuarenta años.
Sé que es ser combatiente, se lo que es ser un militante, se lo que es ser un estudiante, y lo que es ser un perro de guerra que cuida su familia con los dientes. Pero he caído nuevamente herido en combate, y puede que esta vez mi alma de lucha no se levante por un buen tiempo… quizá, hasta tome la palabra de aquellos amigos que se van y les pida un espacio en su casa donde guindar la hamaca.
Mientras, tomo mi sombrero y sigo mi camino. Comeré lo que caiga en mi fusil y beberé agua del rio. Colgaré la hamaca en un cují, y miraré las estrellas en el cielo… pero el machete del llanero queda quieto donde debió estar quieto siempre, y pelearé solo para los que quiero. La patria tiene lo que merece, y lo que merece no es lo que quiero…
Así se retira este negro, recoge su sombrero y ensilla su caballo, de la lucha política se retira. Por hoy, no me preocupo.

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