Los dueños de septiembre


Estaba sentado en las sillas, solitario, revisando los mensajes en su blackberry. Mataba la ansiedad de fumar a causa del sabor a café que repartían gratis en el pasillo. Llevaba tres, lo que hacia que odiara más la restricción sin sentido de fumar en lugares públicos. “Mata la ansiedad de un vicio con otro vicio” se decía… Y que mejor que el blackberry.
La gente que pasaba le miraba con el interés de reconocerlo infructuosamente. Estaba ahí por casualidad. En ocasiones levantaba la mirada a ver quien lo veía. Le gustaba ese juego. La gente se intimida cuando los ves a los ojos. Incomoda.
El olor a flores tensaba mucho más el ambiente. Hacia más denso el aire y las conversaciones se hacían más audible, pese a que las personas evitaban levantar la voz para evitar ser escuchado con sus chistes de mal gusto y chismes que acontecen en esas situaciones. Se escuchaba clarito y la curiosidad se acrecentaba cuando peor escuchaba. Conflictos familiares, cuentos de las historias ya sabidas, historias nuevas con cuentos incluidos… En fin, era claro que el personaje en cuestión era de cuentos, historias, mitos y leyendas, de chismes y noticias de primera mano, otras de segunda; era, por así decirlo, un personaje.
De nuevo deviene la sensación… Fumar! Fumar! Quién dijo fumar? Sale del salón y ve a una joven fumando. Su cabello castaño era hermoso. Su camisa verde salía entre su blazer negro perfectamente planchado. La cartera de marca bailaba de un lado a otro mientras caía la caja de cigarros… De hombre, de los que le gustaban.
Recogerlos… pedir uno… encenderlo con tu encendedor caro y ruidoso de metal… prengutar como se llama… Pedir su teléfono… Y finalmente largarse con un trofeo… Plan perfecto.
Al agacharse a recojer los cigarros ella también se agachó para recojerlos, se golperon en la cabeza estrepitosamente. Entre el dolor y la risa quedaron las ganas de fumar… Simplemente se presentaron con un doloroso Juan y Carmen: así se llamaba esa elegantísima morena. Él le ofreció un café, de esos gratis que hay en el lugar, y se sentaron a conversar largamente mientras pasaban los deudos a saludar.
Conocidos de ella, no. Era el funeral de su profesora de colegio que murió después de una larga enfermedad. Según ella, pura gente desagradable, pero estudiaban juntos.
Juan revelo su bien preciado secreto. Paso a por un café, ahí siempre lo hacen muy bien. Intercambiaron teléfonos y quedaron en conversar nuevamente para otro café en un lugar menos terrible.

*     *     *

Días más tarde fue que se atrevió a llamarla. Había tenido una tarde de perros y en una de las tantas revisadas del teléfono mientras salía a fumar a la terraza de la oficina se topo con su numero varias veces.
Era natural que la saludará “buenas tardes señorita”, a lo que ella respondió intespestuosamente que de buenas buenas, estaba ella, y con respecto a lo de señorita, a su edad, serlo seria una actitud muy aburrida. Las risas ahogaron la seriedad. La invito a tomarse un café en el rosal, pero que esta vaz, de verdad, pagaba él. Ella, divertida, advirtió que tenia que ver eso.
La espero fumando y revisando el teléfono, mientras hacia tiempo. Ella llego haciendo un bufido y colocando la cartera sobre la mesa para besarle la mejilla sin avisar. “esta ciudad, a esta hora, apesta”.
Ese día definitivamente se conocieron, conversaron horas sobre la misma taza de café. Ella le contó sobre su vida divertida de gerente de banco; el, sobre lo aburrido que era trabajar en publicidad, pero que desde que decidió hacerlo por su cuenta, se había vuelto más aburrido.
El destino. Ella tomo su mano, y quien sabe si por ademán de tomársela o porque ciertamente tenía intención de leerla, le revisó la palma de la mano derecha y le registro el futuro. Le auguraba larga vida, prosperidad y muchos hijos. Le decía que había cosas que pensar antes de emprender caminos peligrosos, y que conocería muchas mujeres pero que solo una sería capaz de hacer que se enamorara. “cuando?”, le pregunto… “Se que va a pasar pero no me preguntes cuando. Solo leo la linea del destino, no te hago un croquis”, respondió casi ofendida.
El silencio parecía una natilla, sin embargo fue un segundo. El blackberry sonó incomodamente con un mensaje de que se habían complcado las cosas en la oficina y que tenia que retirarse. Pago los cafés, se despidió secamente y se fue… Ella quedo desconcertada, por la rápido e intespestivo de la despedida. Un segundo mas tarde apareció el por la puerta del local y le dijo “casi se me olvidaba…”, estampandole un beso profundo en sus labios.
Ella quedo desconcertada, por la rápido e intespestivo de la despedida… Nuevamente.

*     *     *

Las lluvias de septiembre hacían de las suyas un sábado en la mañana. Carmen bebía un café míentras se asomaba por la ventana. Su pijama de algodón cargaba los vestigios de la infancia estampados, pese a que la caída del bluson hacia que su figura ápareciera a tras luz de la mañana del sábado.

Media hora fue suficiente para que la lluvia amainara, sin embargo, parecía que había llovido toda la noche. Mientras el cafe húmeaba, Carmen leía tranquilamente en la silla del comedor mientras pensaba en el beso del dia anterior. De vez en cuando exploraba sus labios finos con sus dedos, para luego reaccionar en contra y tratar de evitar los deseos maliciosos. Le había gustado: la forma, la intención, la espera, la llamada. Si no pensara que todo estaba echado a la suerte y a la oportunidad, diría que fue fríamente calculado.
Su celular sonó y al responder era el… “donde vives?”. Entre balbucear una que otra cosa, entre ella, que estaba en pijama, le dijo su dirección… “nada mal… Estoy aquí abajo, cambiate, te espero”. Al asomarse por la ventana vio a un Century blanco y a Juan saludándola.
“Esto es de quinceañera”, se dijo para luego irse a beber una taza de café y ponerse unos jeans y una franela, coger la cartera, y bajar las escaleras al trote necesario para no parecer desesperada.

*     *     *

La playa estaba sola, llovía, el mar estaba picado y ambos estaban en jeans. Ella se quejó de por qué no había dicho a donde iban, el respondió que simplemente no sabia, sólo que lo había decidido en el momento.
Juan la tomo de la mano un segundo al bajarse del carro y le preguntó por que le había aceptado el café. Su mirada fue tierna cuando dijo ” no se”; simplemente se sonrió con la mano en la boca.
Se tomaron de la mano mientras caminaron por la playa lluviosa. Las gotas se hacían cada vez más gruesas y se refugiaron en una churuata pequeñisima que vendían pescado y cerveza.
“pedimos algo de comer” el dueño asintió y abrió espacio en una mesa donde por poco no se mojaban. La cerveza empezó a alargar la tarde. Conversaron de todo: de política, de historias que le habían pasado en la vida, cuentos de camino, sobre la familia… Derepente los besos y las caricias surgieron de la nada. Se estaba haciendo tarde pero no importaba, lo importante era la magia. Caminaron hasta el carro con una sonrisa en la cara, abrazados.
Casualmente, la radio empezó a poner canciones viejas y subieron la autopista con los vidrios abajo cantando canciones de Karina, Yordano, Franco de Vita y Colina. La noche empezaba a encender sus primeras luces al cruzar el último túnel de La Planice. Ella se recostó en su hombro.
Al llegar a su casa, Juan le dio un beso de despedida con un abrazo apretado por su cintura. “Perfecto para terminar el día” dijo el… Carmen, sin soltarse de la mano, le dijo sonriente… “perfecto para comenzar septiembre” y lo haló hasta la puerta del edificio. Ambos entraron justo cuando la luz de la entrada se encendía.

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