El dulce mal – Andrés Eloy Blanco


Tengo la necesidad, después de haber leído a Andrés Eloy, comentar este pequeño poema que describe muchas cosas de lo que somos cuando escribimos.
Siempre tenemos presente en la ardorosa mano del escritor unos cuantos puñales de seducción. Es quizá una de nuestras mas hermosas herramientas, cuando la palabra consigue la medida exacta, y con el desparpajo necesario, la convierte en saetas discretas para el cortejo.
En lo que a mi respecta, Andrés Eloy es el ejemplo perfecto de lo que debe ser la poesía venezolana. Congrega todo aquello de nuestra métrica, nuestra inteligencia, nuestro consciente colectivo, nuestro disimulo político, nuestro periodismo congruente y certero, nuestro humor dicharachero y tremendo. También las palabras de amor poderosas como un mazo, delicadas como un beso. Valió la pena tomar ese poemario a esta hora de la tarde.

Vuelvo los ojos a mi propia historia.
Sueños, más sueños y más sueños… gloria,
más gloria… odio… un ruiseñor huyendo…
y asómbrame no ven en toda ella
ni un rasgo ni un esbozo, ni una huella
del dulce mal con que me estoy muriendo…

Torno a mirar hacia el camino andado…
Mi marcha fue una marcha de soldado,
con paso vencedor, a todo estruendo;
mi alegría una bárbara alegría…
y en nada está la sombra todavía,
del dulce mal con que me estoy muriendo.

Surgió una cumbre frente a mí; quisieron
otros mil coronarla y no pudieron;
solo yo quedé arriba, sonriendo,
y allí, suelta la voz, tendido el brazo,
nunca sentí ni el leve picotazo
del dulce mal con que me estoy muriendo.

Mas, yo fui vencedor del mal tremendo;
fui gloria empurpurada y vespertina,
sin presentir la marcha clandestina
del dulce mal con que me estoy muriendo.

Fuerzas y potestades me sitiaron
y, prueba sobre prueba, acorralaron
mi fe, que ni la cambio ni la vendo,
y yo les vi marchar con su despecho,
feliz, sin presentir nada en mi pecho
del dulce mal con que me estoy muriendo.

Mujeres… por mi gloria y por mis luchas
en muchas partes se me dieron muchas
y en todas partes me dormí queriendo
y en la mañana hacia otro amor seguía,
pero en ninguno el dardo presentía
del dulce mal con que me estoy muriendo.

Y un día fue la torpe circunstancia
de quedarnos a solas en la estancia,
leyendo juntos, sin estar leyendo,
mirarnos en los ojos, sin malicia,
y quedarnos después con la delicia
del dulce mal con que me estoy muriendo.

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