La Adivina


Juliana nació en Almería en una familia muy supersticiosa. Era de esperarse pues la casa donde vivían estaba plagada de muchas historias, la mayoría tenían relación con su tía, una famosa bruja de avanzada edad que venía de recorrer Europa con gitanos durante la guerra y que muchos la conocían como “La Señora”.

Esas historias nunca quedaron atrás pese a que su tía había decidido dejar ese clima y mudarse a otro más cálido. Se largó por las Américas a disfrutar del trópico y cedió la casa a su sobrina y a sus padres: un viñedo que poco a poco se fue convirtiendo en una de las más importantes de la zona. De todas maneras, era 1989 y a los trece años nadie tenía miedo a esas historias de niños.

Juliana estudiaba con las Madres del Cristo Rey en una casona que funcionaba como semi internado, donde se profesaba una profunda devoción a La Milagrosa. La madre superior, casualmente llamada Milagros, era una vieja insoportable que no medía la manera de dar regaños o felicitaciones. Las dos maneras eran propinadas a bofetadas.

Una tarde de abril Juliana recibió la sorpresa de su vida. Su padre llegó de improvisto en su camión Mercedes a la escuela. Su tía, “La Señora”, había viajado desde América a verla. El cuento corrió como polvorín por todo el colegio. La famosa Señora había vuelto, y eso alborotaba las historias. La Madre Milagros fue a quién más desagrado le causó la llegada de la Doña.

Del camión bajó La Señora, una dama vestida muy elegantemente, con una falda negra por debajo de la rodilla y un taller de mismo color. Su piel blanca, muy blanca, destacaba finamente sus manos largas y cuidadísimas. Su cabello, ya ceniciento, lo coronaba un broche de jade tallado exquisitamente. La señora abrazó a Juliana. Olía a tabaco y chocolate. Olía a eso que uno siempre imaginó que podía oler una señora de esta fama. Olía, para la madre Milagros, a todo el infortunio que ella representaba: las historias de brujas.

Después de tantos años, aquel acento francés era el mismo, pese a vivir en países más tropicales. Con un beso estampado en la frente y un amapuche, la tía, La Señora, tuvo la bienvenida de su querida sobrina, escoltada de religiosa vestida de blanco, mocasines sucios y cruz terciada al cuello

– Señor, -Interrumpe La Madre Milagros dirigiéndose al padre de la pequeña- agradezco la sorpresa, pero la niña tiene clases y agradeceríamos mucho que se retirara lo más prontamente del recinto… ¡niñas, todas a sus salones!, ¡ala! – dijo dirigiéndose a las niñas que se acercaron con curiosidad.

– Me parece que sería una descortesía que me quite la oportunidad de dejar de ver a mi pequeña después de un viaje tan largo, hermana… – dijo Sandra con una sonrisa entre dientes.

– Milagros… -increpó la monja- y soy madre, no hermana, y yo sé que no es mi problema, pero espero que esto no se convierta en costumbre esto de venir acá…

– Madre entonces… Supongo por las historias…

– Además…

– Pura superchería… eso es lo malo de tener una propiedad de abolengo… se tejen historias de padre y señor nuestro.

– Amen

– A todas estas… – Dijo el padre de Juliana Interrumpiendo la incómoda discusión- el hecho de que esté acá es porque me llevo a Juliana. Creo que estos días van a ser muy de familia y considero que la niña debe estar en casa…

– Entiende que esto significa que tiene que traerme un permiso escrito…

La Señora introdujo su mano en su pequeña cartera y sacó un pergamino muy elegante, con una letra ciertamente extraña, estaba escrito el permiso de puño y letra de La Señora, marcado por un lacre rojo que en relieve tenía una extraña figura.

Al llegar a la casa como buena casa española, el almuerzo fue largo y estridente. Su tía, apenas dejó la mesa, la llevó a un largo paseo por el viñedo. Juliana se atrevió a preguntarle esa tarde sobre aquellas historias. “No todo lo se cuenta es cierto hija” respondió su tía, y tras una larga pausa, destacó: “La gente deforma las historias… qué pasaría si se supiera todo lo que pasó que no se sabe”.

 

POR DEBAJO DE LAS PIEDRAS

Ese sábado, La señora se levantó del sillón y le dijo a su sobrina que tomara su suéter y una linterna que tenía que mostrarle algo. Era ya cerca de las 11 de la noche. Salieron de la casa y fueron a los barriles de guarda del vino que hacía su padre. Su tía levantó una reja que quedaba en el piso y bajaron por unas escaleras mohosas que daban a un canal de aguas limpias que pasaba por debajo del edificio. Esta agua era la que se usaba para el riego y producción del vino. Además, era la que mantenía fresca el área de guarda. “Esta es el agua de la montaña. Esta es el agua mágica que todos quisieron pero nunca encontraron”.

Su tía contó que en la época de Franco, muchos militares intentaron apropiarse del territorio buscando la famosa fuente de la vida. Se decía que las aguas de este manantial tenían cabecera a los pies del árbol de la Cábala, de importantes propiedades curativas. “Todas esas mentiras se tejieron alrededor de esa agua, pero la verdad, es que como no pudieron ni quitarme la casa, todos los que venían, terminaban cortejándome”, dijo La señora con una risa cómplice.

Las piedras del camino eran gigantescas. Pareciera que la hubieran labrado a pulso limpio. El agua había alisado sus cantos y la habían convertido en un círculo perfecto. Muchos animales caminaban sigilosamente por las paredes: salamandras y arañas disfrutaban del festín de insectos que la cueva y la oscuridad les brindaba.

Al final del camino, se abría un pozo de agua. Hacia arriba, se veían las estrellas. La Señora, la tomó de la mano y poco a poco fueron entrando en el agua del pozo. A medida que avanzaban, Juliana sentía como el frio le iba tocando palmo a palmo los huesos. Cuando llegó a la altura de los hombros, sintió que el cuerpo dejaba de temblar, ya no tenía miedo ni frio. La luz de la luna tocó sus cabezas. Era media noche.

Su tía tomo barro y le untó en la sien, en los párpados y en los lóbulos de las orejas… “con este presente te entrego luces para ver, luces para escuchar y luces para sentir con todo el corazón”. Luego, con agua, lavó sus ojos y untó en sus manos el barro. “Eres mi sobrina más querida, la niña de mis ojos, esta es tu bautizo, tu iniciación como mujer de la familia. Bienvenida a la casa de casta y gloria”.

El agua se tiñó de rojo sangre. La niña de 13 años se convertía en mujer.

A la salida del pozo, estaba Julia, su madre, y su nana Sofía. Ambas con lágrimas en los ojos la abrazaron emocionadas colgándole una toalla. Sus labios morados del frio no paraban de temblar, pero aún, la sensación cálida de su vientre no cesaba. Su padre, en una esquina, veía todo desde lejos, dándole unas caladas al cigarrillo. Metió la mano en el bolsillo y sacó una pequeña cadena de plata con una medalla con el sello de la familia y se la colocó. El secreto con su tía resultó a voces de luna llena.

Esa noche estuvo plagada de sueños confusos. Juliana veía a sus amigas del colegio sobre ella. Todas estaban como gritándole. Sentía frío. De repente, la voz severa de la Madre Milagros, su rostro arrugado y duro la despertó: “¡levántate!”.

El sudor le recorría todo el cuerpo. Tenía fiebre y le dolía mucho el vientre. Se levantó a tomar un vaso de agua porque la sed la estaba volviendo loca. Fue a la cocina y abrió la nevera. Había gente en la sala de la casa. Era su padre y su tía.

Su padre, un hombre fuerte, delgado, siempre llevaba ropas de trabajo. Tenía las manos curtidas del frio y sus uñas parecían las de un halcón. Pese a que siempre fue un hombre de paz, su tamaño y su imponente presencia inspiraba respeto. Su tía, estaba envuelta en una bata de algodón, era bastante mayor que él. Ambos fumaban habanos mientras conversaban con una intimidad casi desconocida en ellos. Conversaban sobre ella.

– Sabes lo que viene Andrés. Tu mismo lo recuerdas.

– Si. Estoy claro que las cosas se van a poner turbulentas de ahora en adelante.

– Trata de orientarla como padre. Estas cosas no son fáciles de asimilar.

– Tuvimos esa edad Sandra. Recuerdo muy bien como son las cosas, pero esas primeras visiones son las más duras, con los años uno finalmente toma el camino que debe tomar, pero estos primeros pasos son los más complicados.

– Claro hermano. Por algo hoy eres el botánico y alquimista más grande de estas tierras… pero nunca me has dicho… todavía ves…

– Si… todavía veo… y hablo con ellos.

La Señora miró el cigarro con cierto interés y miró por segundos a su hermano. “¿quieres saber lo que estoy viendo?” preguntó. Su hermano asentó con la cabeza. Ella le acercó su cigarro y le dijo… “Viene pronto.”.

 

LA NOCHES DE LAS LUCES CLARAS

La Señora partió días después despidiéndose de su sobrina querida con un regalo: La llave de hierro que cerraba aquella habitación donde ella dormía. “Cuando sientas miedo. Aquí está la llave”, Dijo.

La sangre había parado uno o dos días después de la partida de La Señora. Los días pasaron con normalidad, comenzando con la vuelta al colegio y con ella las tardes lluviosas. Juliana, con mucho celo, guardaba la llave en su cajita de madera bajo su cama. Llevaba siempre el medallón que le regaló su padre, sin embargo evitaba mostrarlo libremente. Recordaba la terrible mirada de la Monja cuando su tía entregó aquella carta con lacre.

Pero algo sí había cambiado. Sus sueños eran cada vez más recurrentes. Nunca quiso decir nada, pero las cosas pasan y el mundo da vueltas. Una noche soñó que una de sus compañeras de cuarto se caía desde el techo de la casa. Por alguna extraña razón, Juliana, una tarde de hastío, tomó el rastrillo y reunió un montón de hojas del patio en el medio del jardín. Esa tarde, Helena cayó del techo luego de intentar rescatar un pajarito. Por suerte, gracias a la montaña de hojas sólo tuvo moretones y aporreos. El pajarito también se salvó.

Los sueños se convirtieron en avisos frecuentes. También los causantes de la famosa sed nocturna que la obligaba a levantarse en las noches y que la hacían entrometerse en las conversaciones de los adultos a esas horas. Una de esas noches, escuchó como la directora reprendía a una joven hermana por sus escarceos con el jardinero. Otra noche, encontró a la madre María hartándose de las galletas que hacia otra de las Madres. Días después confirmaba su sospecha. La despedida de la Joven hermana de manera improvista y la decaída de la hermana María le confirmaba sus temores. No se trataba de casualidades.

La necesidad de agua la hacía tomar baños nocturnos. Esos baños le evidenciaban nuevas cosas. Su cuerpo estaba cambiando. Sus pechos nacientes, sus caderas ensanchadas, su piel cada vez más blanca y su cabello cada vez más largo y tupido confirmaban su temor. Eso de hacerse mujer tiene sus asuntos, pero sobre todo, causó impresión en toda la escuela. Poco a poco todas las niñas dejaron de serlo. Ella, fue la semilla de todo este cambio en la escuela. Con ello, vino también la mirada atenta de los muchachos de la escuela cercana, y con su atención, también estaba acercándose la salida de excursión de fin de año.

La noche anterior a la excursión toda se reunieron antes de dormir. Entre cuchicheos y risas empezaron a hablar de los muchachos. Uno por uno les fue descuartizando. Juliana reía de los comentarios de las muchachas, sin embargo, en un momento tuvo mucha ansiedad. “Juli, ¿y tú qué piensas?”, preguntó Helena. Juliana se levantó del suelo y las miró una por una… la mirada de las muchachas no salían de su asombro. Esperaban que saliera algo de su boca.

Todas, tendrán un destino atado a estos muchachos, todas menos Helena. Franca… conoces a Daniel… no será hoy, ni mañana, pero un día se sentará a tu lado, ahí comenzará todo. Eli… Carlos te ofrecerá todo, pero no te dará nada. Marlene… Luis hará lo imposible por ti, pero tus padres te mandarán lejos. Ten paciencia, el destino tiene algo preparado para ustedes. Franccesca… Manuel te cortejará, pero finalmente fundirá su vida con Yesenia, quien será su celestina. Pero tranquila, tu amor está en otra ciudad, en otro tiempo…

Así pasaron los minutos describiendo una por una la relación de estos muchachos con ellas. La Lluvia pasó desapercibida entre las palabras Juliana y los leves truenos de la noche. Todas atentas escucharon el destino de cada una de ellas. Sin embargo Helena, nerviosa esperaba su turno que nunca llegaba. Entre risas y susurros, las niñas comenzaron a cuchichear lo que Juliana les decía. Helena, pelirroja, de carácter fuerte y dominante, detuvo los susurros al levantarse “y entonces, ¿a mí que me toca?”. Un fuerte dolor en el pecho hacia que Juliana se retorciera. No podía decir una palabra más. Sin embargo, detuvo su caminar y se dirigió a Helena, parada en la mitad del cuarto.

– Tú atenderás el llamado

Acto seguido, Juliana fue a vomitar al baño.

 

EL PASEO AL RIO

Era perfecto para reírse. La Madre Milagros en zapatos de goma, medias grises hasta las rodillas y el vestido de monja. Helena miraba con extrañeza a su amiga, quien se había recuperado de sus dolores de estomago con un baño de agua caliente.

Los muchachos recogieron a las muchachas en autobús. Las niñas subieron y se fueron ubicando en los puestos una por una. Ya los muchachos habían pensando en todo: Cada uno en un puesto donde solo podía entrar una niña.

Un gordito que se sentaba adelante tuvo que conformarse con sentarse al lado de la Madre Milagros. El Jesuita que los acompañaba era el padre Pedro, un excursionista reconocido, alpinista en su juventud, conocía como la palma de su mano el parque a donde iban de paseo. Nada podía pasar.

El autobús llego a un claro después de dos horas de camino. Todos bajaron e hicieron parejas para cuidarse. Nada fue casual, pareciera que todas estaban susceptiblemente sugestionadas a tomar al joven que anteriormente Juliana había descrito. Helena y Juliana quedaron juntas.

Después de unas cuantas horas de camino, los muchachos habían ya hecho amistad con las muchachas, sin embargo Helena y Juliana no se habían dicho ni una sola palabra en todo el camino. Cuando estaban llegando al rio, Helena la mira: “¿qué significa eso?”. “No sé, yo digo lo que veo, ni más, ni menos…”, respondió Juliana.

Los muchachos no perdieron el tiempo. No habían llegado al rio cuando empezaron a quitarse los zapatos y las medias… otros, se sacaron las franelas y dejaron los bolsos en un montón.

En menos de un parpadeo, estaban todos los muchachos, y una que otra niña metida en medio del agua fría. Juliana se sentó en una raíz y del bolso sacó un sándwich. Pese a su gusto por el agua, no quería mojarse así como así. Le pareció divertido ver a los muchachos mojar a las chicas. Algunas ya estaban empapadas de pies a cabeza e intentaban escurrirse el cabello sin muchos resultados. Helena se había unido al grupo.

La madre no paraba de gritar regaños e improperios, mientras el Padre Pedro recogía ramas para encender una fogata y calentar a estos muchachos luego de sus juegos en el río. Manuel, uno de los jóvenes, se dio cuenta que la única que no había tocado el agua era Juliana, y junto con dos más buscaron la manera de distraerla y meterla al agua.

Eli se detuvo a preguntarle por qué no se había metido, mientras que los muchachos sigilosamente, la tomaron de sorpresa. Entre tres la cargaron y la fueron llevando al rio. Los demás se acercaron a ayudar a los que iniciaron la broma. Helena, alejada veía como todo pasaba frente a sus ojos. Pese a que pateaba y se retorcía para evitar su destino, poco a poco fue llevada a la orilla. Con el balanceo respectivo y a la cuenta del uno dos tres, Juliana, finalmente tocó el agua.

Reina impetuosa y terrible de las aguas;

Tú que tienes las llaves de las cataratas del universo

Y que encierras las aguas subterráneas en las profundidades de la tierra;

Reina del diluvio y de las lluvias de primavera y de las aguas torrenciales;

Tú, que abres los manantiales de los ríos y de las fuentes;

Tú, que mandas a la humedad,

Que equivale a la sangre de la tierra,

Se transforme en savia de las plantas,

Te invocamos, a nosotros, que somos móviles e inestables criaturas,

Háblanos en medio de las grandes conmociones del mar y temblaremos ante tu voz,

Háblanos en el murmullo de las aguas límpidas y ansiaremos el amor de tus manos.

¡Oh inmensidad, en la cual van a perderse todos los ríos del ser,

Que incesantemente renacen en ti

Profundidad que te exhalas a las alturas,

Condúcenos a la verdadera vida por la inteligencia y el amor,

Llévanos a la vida por los caminos ocultos

Al ver que no salía del agua, Helena se abalanzó sobre donde ella estaba. Los muchachos al ver su reacción, se sumaron a ayudarle. El cura, quien vio toda la escena, quedó a la orilla del rio y contuvo a la vieja monja diciéndole “ellos lo hicieron, ellos que lo arreglen”.

Llevaron a Juliana a la orilla. Estaba desmayada y empapada. Las muchachas trataron de reanimarla y la monja, desesperada, se acercó apartando a algunas muchachas… “levántate” le dijo… exactamente como lo decía en el sueño.

Juliana se incorporó quedando frente a frente con la monja. Milagros, aterrorizada, no se movió ni un palmo. Quedó congelada del terror que le profería la mirada de Juliana, casi muerta. Juliana susurró imperceptiblemente algo en el oído de la monja que destrozó sus nervios y la hizo romper en llanto.

Inmediatamente, volvió en sí y mirando a Helena preguntó “¿qué paso?”.

Enrollada en una toalla, frente al fuego, Juliana estaba mirando las llamas esperando miles de preguntas… cada quien estaba en lo suyo. Comían y conversaban. Algunas muchachas reían de las cosas que les decían los chicos, mientras que la monja estaba sentada en una piedra a la orilla del rio. El padre Pedro no pudo matar la curiosidad y se acercó a la monja para conversar.

– Día difícil ¿eh?

– A que se refiere Pedro.

– Que no es fácil escuchar a una persona en trance decirte unas cuantas verdades cuando uno no cree en esas cosas.

– Sabe que creo en Dios y en nada más, Pedro. Mi fe no se cuestiona tan fácilmente, mucho menos en estos momentos tan difíciles…

– A que se refiere…

– A que no estoy para que me este fastidiando un cura que cree que ha visto todo porque ha viajado por el mundo y eso hace que se cuestione su fe con cosas que no tienen sentido ni para su iglesia, ni para su Dios, ni para la congregación que representa.

– Bah, no le creo ni el avemaría… que tiene esta niña que la tiene a usted tan preocupada…

– Se acuerda de La Señora…

– Claro, gran amiga…

– Pues es su sobrina…

– Ahhh, así que por ahí viene la cosa… y que fue lo que le dijo la niña que la mortificó tanto…

– Que volviera a mi casa que la muerte se acerca

– Y que, por que…

– Esta mañana llamaron de mi casa y me dijeron que mi hermana estaba enferma

– Y que vas a hacer…

– Pues iré a mi casa…

– Ya veo… ¿segura que nada cuestiona su fe?

 

LA LLAVE

Al día siguiente todas las niñas partieron a sus casas para sus vacaciones de verano. La Madre Milagros no estaba en el colegio, así que las otras religiosas fueron las que despidieron a las niñas. Juliana y Helena eran las únicas dos a quienes no habían venido a buscar. Ambas con sus cosas ya recogidas, quedaron juntas en el descanso de la casa sentadas esperando que las buscaran. Helena, con mucha curiosidad, le preguntó a Juliana…

– Julli… que te paso ayer…

– Nada. Si te lo cuento me van a tildar de loca.

– Que de loca ni que nada. Tú eres mi amiga, no creo que sea de morirse.

– Pues sí, la cosa es de morirse… – Un silencio incomodo quedo colgado en la conversación, pero la mirada de Helena estaba más interesada en una respuesta. Juliana la miró con cara de rabia y levanto el dedo…

– Pues sabes que no le vas a contar a nadie…

– Me cruzo…

– Ok

Juliana le contó con detalle sobre el sueño que ella tuvo muchas veces sobre su despertar… describió cada detalle bajo el agua, uno por uno. “Las voces de las ninfas eran bellísimas”, destacó Juliana, mientras que con atención Helena estaba deslumbrada.

– … Hasta que una de ellas me sacó del agua

– Pero si quien te sacó fui yo…

– Bueno, sí, pero lo que yo vi fue una ninfa…

– Y que te dijeron…

– Pues que me dejara llevar por los caminos que me iban a enseñar…

– Y lo de la madre…

– Nada malo. Sólo que su hermana va a morir hoy antes de que ella llegue a pedirle perdón por muchas cosas que pasaron y se va a sentir tan culpable que seguramente no la veamos por acá por un tiempo.

En ese momento llegaron dos carros… la camioneta del padre de Juliana y un lujoso auto negro con el chofer de tripulante… su padre la ayudó con la maleta mientras que se despedía de su amiga. Sin embargo, Juliana tenía su caja de manera en la mano. Sólo esperaba llegar a su casa. Ambas se despidieron por las ventanillas.

 

EL BROCHE DE LAS NINFAS

Era de tarde y se avecinaba una fuerte lluvia. Los nubarrones empezaron a acercarse furtivamente y las luces en el cielo tocaban peligrosamente la tierra. Las mujeres de la casa corrían por todas las habitaciones cerrando ventanas para evitar que la torrencial lluvia las azotara. Los hombres metían a los caballos y animales a los establos para que no se mojaran con el vendaval. De todas maneras el patio central de la casa siempre se ahogaba con las primeras lluvias y terminaban todos sacando agua de la casa por la puerta principal. Y siempre el padre de Juliana decía que tenía que arreglar los desagües del patio antes de la llegada de las lluvias.

Juliana decidió refugiarse. Su padre no la dejaba hacer tareas de la casa porque consideraba que tenían la gente suficiente para esas labores, así que prefirió esconderse en el único lugar que sabía que no la iban a molestar: el cuarto de su tía. De todas maneras, las noches de lluvia era predestinado que tendría pesadillas, y por el volumen de la lluvia, pareciera que esta iba a dar bastante miedo.

Girar la llave de hierro era sacar de su prisión ese aroma parafinado del cuarto de su tía. Un pilón de cera coronaba la mesa que se encontraba en el medio del cuarto. Muchos colores de velas se desparramaban azules, violetas rojos, blancos, amarillos, dorados, morados, verdes, de todos los colores.

Él cuarto, dispuesto de forma circular estaba rodeado de libros en estanterías de madera. En un rincón estaban arrumados cientos de pergaminos atados con cintas de colores. El techo del gran salón estaba coronado con una gran flor y en sus esquinas estaban dibujados algunos querubines que pareciera que tomaran la flor y la sostuvieran con sus manitos pequeñas. Hacia la derecha, había un pequeño cuarto que tenía una cama monumental, con una sobrecama de seda y un mosquitero blanquísimo. Un aguamanil con un espejo adornaba la pared. Del otro lado, estaba un pequeño closet y una escalera.

Dos pantuflas olvidadas quedaron a un lado de la cama. Puestas delicadamente con el fin de que apenas bajara de la cama, la señora pudiera tocar con sus pies directamente en ellas sin tocar el suelo. Sin pensarlo mucho, corrió hacia la cama y se abalanzó sobre ella. La lluvia estaba azotando las ventanas. Las luces repentinamente se apagaron y todo quedo en absoluto silencio. Sólo se escuchaba el sonido de la lluvia caer y de los truenos que ocasionalmente perturbaban la quietud de la noche lluviosa.

Juliana decidió meterse bajo el edredón. Las sabanas le recibieron con un olor a flores. Suavemente deslizo sus pies hasta el final de la cama, cuando se topó con algo duro. Era un libro, aparentemente olvidado por La señora. A Juliana le extrañó mucho, pues, con lo ordenado que estaba todo, no pareciera que a La Señora se le fuera a olvidar un detalle tan tremendo: Un libro debajo del cubrecama…

No dejó de ojearlo desde que lo abrió. Había muchas cosas interesantes, muchos dibujos de seres sensacionales. Cuentos de hadas y elfos entre otras criaturas fantásticas. Pero lo que más le llamo la atención fue el capítulo de las ninfas del rio. Eran damas esbeltas con su cabello rojizo que les caía hasta la cintura adornado con muchas flores del bosque y la piel blanquecina.

El sonido del agua se fue colando en sus oídos, y el sueño la fue llevando a deslizarse entre los edredones de plumas. El libro poco a poco cayó en su regazo dejándola totalmente dormida. La lluvia caía a borbotones por los cristales mientras un pequeño, un leve rocío, se filtraba por el ambiente. Las voces de las ninfas se adueñaron del salón, apareciendo una a una alrededor de la pequeña Juliana. En el centro de ellas, La Señora coronaba el salón, sonriente. En coro, las ninfas cantaron con la lluvia y el rocío fue empapando toda la habitación. La voz de la Señora se adueñó del cantico mítico.

“Háblanos en medio de las grandes conmociones del mar y temblaremos ante tu voz, háblanos en el murmullo de las aguas límpidas y ansiaremos el amor de tus manos. Condúcenos a la verdadera vida por la inteligencia y el amor, llévanos a la vida por los caminos ocultos. Tú que reina sobre las aguas, tú que tienes las llaves de las cataratas del universo, te invocamos a nosotros, que somos inmóviles e inestables criaturas. Muéstranos el camino, devela tu sueño y tu destino”.

La pequeña con una voz profunda, casi en susurro, emitió unos hilos de voz que develaban su sentencia:

“La Señora que pregunta no pretende respuesta alguna. Las damas que la acompañan ya saben el destino de esta alma. El mar llama, el rio la espera, la lluvia la baña y el cielo la venera. Que el deseo la lleve a otras aguas. Que otras aguas la presenten como reina. Que otras aguas la bañen de bendiciones. Que en otras aguas conozca el amor y el deseo que a mares la llenarán de vida. En otras aguas sembrará raíces y reinará por siempre…”

Terminó el susurro concluyendo, segundos después de una pequeña pausa que parecía eterna…

“Díganle que el tiempo pasa y que el llamado está más cerca. El camino no es en estas tierras. El llamado se atenderá, en su momento, en tierras calientes y necesitadas… que vaya a curar almas perdidas, que ese es su destino”.

Una dolorosa bocanada de aire, junto con una retorcida posición la elevó entre las sabanas. El terror de Juliana la sacó del trance y empezó a llorar desconsoladamente. La señora la tomó entre sus brazos y con besos la consoló. No entendía nada. No sabía… era un sueño… era verdad… ¿qué era?

Una a una las ninfas se fueron retirando. Las menores primero, las señoras finalmente. Su tía, La Señora, acariciaba su cabello y secaba sus lágrimas con sus dedos largos y blanquecinos.

– Tía… el llamado de Helena es terrible… – dijo la pequeña desconsolada…

– Nada está escrito hija. Cada quien elige su destino… El superior simplemente da las pinceladas a los destinos de cada quien. Solo está en nuestras manos decidir qué hacer y hacia dónde ir… al final tu camino es mucho más grande, más importante. Eres adivina, hija de adivinos, de hechiceros y magos, hijos de la tierra y criados por la fe de la vida. Tu camino está en buscar tu destino. Tu destino es el camino.

Juliana despertó empapada de sudor, o de agua. Sabía que era un sueño. Solo que el broche de su tía estaba dispuesto a un lado de la cama.

Semanas después, su padre le dijo una noticia que la emocionó mucho. La llevaría al mediterráneo a conocer sus playas en un tour. Le emocionaba mucho el mar. Quería verlo. Tocarlo.

La emoción cayó junto con una carta de su amiga Helena. Había conocido a un muchacho, medico por cierto. La idea de la medicina la traía loca. Le parecía maravillosa la idea de ser doctora como su padre, un neurocirujano de renombre. “Quiero ayudar a quienes necesitan una mano…” decía la carta. Juliana sabía que de esa manera, sellaba Helena su destino.

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