El Perfume (2006)


Es extraño que para callar la mente

es necesario usar tantas palabras

Rafael Cadenas

Hay muchas maneras de describir una mujer. Muchas cosas que decir de ellas. Muchas que pueden hacerte suspirar cada vez que un recuerdo choca con tus sentidos. De eso se trataba mi conversación con una amiga que no oculta su lamentable gusto por las mujeres; lamentable, primero por todos los complejos asuntos que le ha hecho pasar su sexualidad distraída, y segundo, porque definitivamente es una mujer espectacular.

Entre un cigarro y otro, llegamos en una libre conversación sobre mujeres. Ella me empezó a explicar los asuntos de su sexualidad. Describía a la mujer desde la belleza, más que desde el morbo.

Empezó a describir las formas, las hendiduras, los pliegues naturales de la piel que pocos hombres se atreven a descubrir. Describió cada mirada, cada mordedura de los labios, cada arruga de la boca cuando el placer allana lo prohibido.

Narró cada roce de la piel de dos cuerpos femeninos, de las manos, de los labios, de los senos acariciándose entre sí, de los cabellos que caían en el cuello firme. Narró cada peca y lunar. Narró cada movimiento de sus dedos que trataban de recordar, por medio de la yema de los dedos, cada centímetro de la estética de mujer.

“¿A qué huele?”, pregunté. Una sonrisa extraña, como preguntándose a que venía mi pregunta, se dibujó en su rostro de mirada esquiva. “Nunca pensé que preguntaras eso”, me respondió, para luego darme detalles de los dulces olores del placer. Describió cada una de las partes de una mujer, cada una con un olor particular. Sin embargo, no dudó en recordar las propiedades del perfume.

“Un perfume es una herramienta de placer. Es como una marca de mujer. Es como aroma a dama oculta que quiere ser descubierta por quienes la perciben. De hecho, no son todos los capaces de percibirlo”, dijo. La conversación continuó largas horas, hasta que, en un silencio extraño, me preguntó por qué me gustaba el olor…

Mis razones eran las mismas que las suyas…

*             *             *

Eran como las tres de la tarde y no tenia mucho que hacer. Salí de la oficina con la idea fija de buscar algo que me tranquilizara el ocio. Lo único que lo hacia era caminar largamente por el boulevard. Los buhoneros cundían las calles con sus baratijas y la lluvia había alborotado los hedores de la ciudad.

Así, poco a poco, me distraje viendo discos quemados, DVD’s, ropa, y otra cantidad de objetos que la gente compra de barata. El camino me llevó al centro comercial. Era el mismo ambiente pero más caro.

Tres muchachas pasaron por mi lado. Un aroma conocido pasó por mi. Era inevitable voltear a ver a las niñas para observarlas. Los jeans ajustados y a la cadera. El cabello suelto. Su aroma inigualable de mujer. Al mirar a mí alrededor me encontré cientos de ellas. Todas con un aroma diferente, todas con un mensaje diferente. Todas decían algo con su perfume.

En el caminar distraído, una muchacha me dio un papelito con una fragancia y me llevó a la perfumería. Recordé las palabras de mi amiga. Un frasco significaba muchas cosas en el perfume. Era la forma de la botella, la caja especialmente diseñada para el envase, era el color, la tipografía, pero sin duda, el perfume, el alma.

Por qué una mujer se entrega a un aroma de tantos. Por qué una mujer busca una aroma y no otro. En que piensa cuando compra una botella del perfume que le gusta. Por qué cuando tiene varios, usa uno para algunas cosas y otros para otras ocasiones. Salí de la perfumería con un frasco de perfume, sin pensar que esa botella iba a darme nuevas experiencias. Pero eso es una historia que aún no tiene sentido contar.

*             *             *

No pude hacer más que hacerles a mis cercanas todas estas preguntas que tenía. Encontré respuestas insólitas, otras de verdad muy normales. Otras a duras penas respondieron algunas de las preguntas por ser sumamente íntimas, las que somos incapaces de conocer los hombres, las respuestas que sólo los curiosos somos capaces de buscar.

“La sensualidad no se encuentra en el cuerpo, se encuentra en todo lo demás. En la mirada, en los ademanes, en la palabra, en la forma de llevarse el vaso a la boca. El aroma, es sólo una herramienta para hacer notar la sensualidad”, dijo una amiga, antropóloga.

Otra, cocinera dijo algo más simple, “yo cocino por los sentidos”. Suena raro y pareciera que no tiene nada que ver con esto, pero explica con esto que va a depender de muchas cosas el perfume que usan, la ocasión, el gusto, pero sobre todas las cosas, tiene que ver con la sazón del ánimo.

Una de ellas me contó que ella le sorprende que un hombre se fije de su perfume. Más aún cuando adivina cual es. Le dije que tenía ese perfume, el perfume que me causaba los recuerdos, cosa que le sorprendió. Al final no encontré nada preciso. Sólo se quiere encantar.

*             *             *

Dudo equivocarme. Aunque aun tengo mis vacilaciones. Existen miles de cosas que le podrían encantar a una mujer. Una joya, una palabra humana, una abrazo inocente, una mano cálida pueden ser suficiente, pero un perfume…

Hay muchas maneras de describir una mujer. Ha muchas maneras de pensar una mujer. Hay muchas maneras de encantar una mujer. Pero un perfume… el perfume, huele seguramente a ella.

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