Abracadabra


El encuentro

Había escuchado mucho sobre ella. Tenía el papelito que decía su dirección y su teléfono. De todas las tiendas que existían en el centro de Caracas, sólo había esa que podía darme lo que estaba buscando. Yo creo que era más curiosidad que cualquier cosa, pues todos me conocen, no creo absolutamente en nada, o por lo menos eso es lo que trato de hacerle creer a la gente.
En la esquina de la pelota, un poco mas abajo, precisamente bajando por la calle que da a la catedral, tenía la tienda. Honestamente no había nada extraño. La tienda seguía siendo lo normal, muchos frascos de muchos colores, con esencia de ruda, de heneldo, de cariaquito, además de una gran cantidad de otras infusiones de cualquier cosa que supuestamente se le llama en estos lados Brujería. También había muchas ramas de muchos tipos de muchas cosas extrañas, como también una gran cantidad de talismanes y amuletos, conocidos dentro de la creencia popular. Al final, son baratijas.
Una morena hermosa de caderas anchas, de cabello largo y oscuro salió a preguntar que quería con esa costumbre criolla de ofrecer media tienda: “tengo amuletos para la suerte, hay de todo tipo, para la buena fortuna, para el dinero, para el amor… ¡ah! También preparamos filtros de amor para lo que sea, si quieres que la chica este a tu lado para siempre, ¿Seguro tienes novia?, dicen que los nuestros son los mas fuertes y efectivos”. Se extrañó que mi reacción ante sus habilidades fuese una sonrisa. “Sólo estoy buscando a Sandra”, le dije. El rostro de la morena cambio en un instante, y preguntó para qué. “Ese es mi asunto”, le respondí. Me pidió que esperara.
Minutos más tarde me dijo que entrara a un cuarto que quedaba detrás de una cortina de piedras rojas. No era un cuarto. Era una escalera que subía a un segundo piso. Eran de cemento. Las paredes estaban adornadas con múltiples colores y figuras míticas. Llegue a pensar que era otra de esas burlas esotéricas, pero después de un rato entendí que tenían algo de sentido lo que estaba viendo, eran figuras alegóricas a esas criaturas que había leído en las novelas de caballerías, en los cuentos infantiles de gnomos, hadas, gigantes y dragones, aunque los dragones parecían mas a las lagartijas que todos conocemos que a los dragones chinos de grandes alas y narices prominentes que vemos en la cultura oriental.
Al pasar una cortina blanca, me encontré con una mujer envuelta en paños muy finos de color blanco, parada en la ventana. Sus cabellos largos y blancos le llegaban casi a las caderas. Al voltear, me encontré con una mujer de amplia sonrisa y de un humor inquietante. Era obvio, era una mujer espectacularmente hermosa, sumamente hermosa a sus 60 años.
Sus dedos eran gruesos y sus uñas eran largas y afiladas. Su piel era blanca y sus lunares aparecían discretamente de sus mangas. Andaba en medias y pantuflas de cuero. Ella tenía un fuerte acento francés. Me invito a sentarme en una mesa, después de retirar unos cuantos papeles que ciertamente parecían mapas astrales. Pidió a la muchacha que le preparara te.
– ¿y que haces buscando a esta vieja que vive de las supercherías?
– Bueno, es que estoy buscando unas cosas, diría yo bastante raras.
– ¿raras? ¿se puede saber quien le dijo que yo poseía cosas raras? – respondió con una sonrisa maliciosa en el rostro.
– Pues unos libros, unas pociones, unos conjuros que ando buscando, en especial, por cosas que quiero desanudar.
– Ah, desanudar… tiempo que no escuchaba a alguien que quisiera hacer algo de eso. Siempre quieren una limpieza africana. No creas, he tenido que aprender de eso un poco.
– No pensaba que fuera entendida en esas artes.
– Pues no, si no fuera por Adelaida, tendría que hacer un curso – Dijo tomando mi mano derecha y empezando con lo acostumbrado – ¿Eres zurdo no?, se nota porque no tienes el índice calloso. Tienes una línea de la vida bastante corta, pero muy pronunciada…

Así nos distrajimos y hablamos durante horas. Hablamos de muchas cosas y me mostró unos cuantos libros de cosas extrañas, entre ellas estaban una Biblia en latín que consiguió en la abadía de Le Thoronet. Era interesante ver los grabados y los dibujos paganos en un libro de fe como éste, más cuando estaba escrito en la lengua legal de la iglesia. Me mostró también un Necronomicon manuscrito que había encontrado en un viaje que hizo a Grecia. Pero quizás lo que más interesante fue un libro gigantesco de cuero con un pentáculo en la portada. Era un libro de conjuros de magia blanca del norte de Irlanda. Muchos de estos libros se quemaron durante los cientos de años que duró la persecución de brujas en toda Europa. De hecho, aun existe esta persecución pero de manera muy reservada. Sandra me contó que su llegada a estas tierras fue precisamente por esta persecución.
– pero bien. Ahora explícame, que es lo que quieres desanudar un curioso escéptico como tu. ¿No es que tú no crees en nada?
– Pues bien se trata de un juego que hicimos entre una muchacha y yo hace algunos años. Se trata de esto. – De mi bolsillo saque una pequeña caja de madera. Al abrirlo, había unos cabellos rulos atados con un hilo de oro.
– ¡Mon Dieu! ¿Quién hizo esto?
– Yo…
– ¡Increíble!, Esto es algo que tenia años sin ver. Por cierto… Quien te dijo que vinieras a mí.
– Un jesuita amigo suyo…
– Ah, Nathaniel…

 

La receta

Caracas, 25 de agosto de 2005

Querido amigo:
Aquí te apunto en unas cuantas notas de las cosas que tienes que hacer para romper el hechizo. Son tres procesos, uno para limpiar el cuerpo, para deshacer el hechizo, otro para romper los hechizos y otro para crear un amuleto de protección.
Primero tienes que limpiar el cuerpo. Tienes que conseguir un litro de leche de toro negro y el día viernes, después de bañarte normalmente, te bañas con la leche y le pides que corte todo lo malo que tu cuerpo tenga, rezas un credo y te santiguas. Te vistes sin lavarte.
Luego quemas la atadura hasta que se haga cenizas y la dejar ir al aire en la primera noche de cuarto creciente recitando lo siguiente “dejo libre a quien até alguna vez a mi corazón, me quito el peso de su amor y de sus pensamientos. Eres Libre”
Enciende una vela blanca y otra negra, hacia abajo. Echa sobre ellas un puñado de alcohol y otro de tierra, mientras lo echas vas diciendo: “Alejo las trabas que anidan en mi destino. Revierto la acción de Lucifer para que permita que mi espíritu se sienta libre y dichoso” y luego te deshaces de lo que queda.
Luego, para protegerte, busca un elemento de metal que puedas llevar, preferiblemente un anillo o un dije, que no sea no de oro ni de plata. Mantenlo en la mano por diez minutos dentro de tu mano y después pasa tu mano 1 vez por cada uno de los cinco elementos: agua recogida de un riachuelo, viento de la montaña, fuego de leña, tierra fértil y metal puro recién extraído de la tierra.
Enciende una vela blanca en un tentáculo con tierra en la punta inferior izquierda. Un abanico de papel que simbolizara el viento en la punta inferior derecha. Cinco gotas de agua de manantial en favor del agua. En la punta superior izquierda hierba de mantis. Encendida por el fuego de la vela en la punta superior derecha. En la punta superior coloca el objeto de metal anterior. Arroja dos gramos de amonio en el fuego de la vela y corta un trozo de tu cabello. Enciéndelo con la vela colócalo sobre el objeto de metal hasta que se acabe. Derrama tres gotas de tu sangre sobre el y repite: “en mi sangre llevo el don la magia que fluye en mi, no hay mayor poder”.
Así ese objeto se convertitira en tu amuleto. Llévalo siempre contigo y no habrá ser mágico que se te acerque para mal ni nada mágico a que temer.
No te aseguro que puedas romper un hechizo tan poderoso como esta atadura tan poderosa que hiciste. Pero entiendo que tienes el poder de hacer y deshacer estas cosas tan poderosas. Yo no he sido capaz de hacer una atadura tan poderosa, pero tu si puedes. Lo dicen tus cartas.

 

El quiebre

Anna tiene un pentáculo colgado en la pared y lava su casa con agua filtrada una infusión de flores. Ligia tiene un perfume particular, una infusión de rosas que hace su abuela para alejar los malos espíritus. Alejandra tiene un dije colgado en el cuello, una lágrima de cristal, que no se quita nunca. Maria Francia tiene flores frescas todos los días en su escritorio en frente de la ventana. Maria Alejandra tiene amarrado en el tobillo izquierdo una concha marina lavada por los brujos de la playa para alejar lo malo.
Fernando tiene una figura de metal colgada al cuello. Memo tiene otra. Luís acaba de coronar el santo. La familia de Carlos tiene un altar de Santa Bárbara en la puerta de la casa, y celebran con vino tinto cada día de changó. Mi madre tiene una medalla de la milagrosa para cada uno de nosotros y siempre nos las pone en los momentos difíciles.
Yo ahora tengo un anillo en el dedo anular de la mano izquierda, donde siempre hubo un anillo. También tengo una herida en ese mismo dedo que me arde cada vez que puede.

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