Teoría desorganizada de la ortográfía de un beso


Préstame palabras para componer un beso

por ejemplo:

me gustan los monosílabos

los diptongos

con vocales fuertes

abiertas

acentuadas

para los besos de labios duros y repetidos

 

Me gustan las palabras aspiradas

para los besos jadeantes y sudorosos

o las palabras esdrújulas

para los besos contemplativos

inteligentes

de esos que se dan después de mirarte a los ojos

 

Me gustan las palabras graves

esas que no terminan ni en ene ni ese o vocal

para reconciliarnos

y decir con sensatez

dulce

ángel

te quiero

 

Me encantan también las palabras compuestas

que tienen acento por todos lados

desbordan de potencia y de duda

necesidad

competencia

rima compleja

y endecasílaba

como cuando jugamos a besarnos de adolescentes.

 

Pero los que más me gustan

Son esos besos que llevan tu nombre

porque son los que me recuerdan

cómo se pronuncia un beso.

 

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Teorema


Tu boca me ata a ideas improbables
carentes de razón y deseo
la supongo entre susurros de palabras importantes
que pierden el interés
cuando la comisura la encuentra
y esa sonrisa imperfecta
es un beso de nacar
si encontrara la manera

Habla
que verte hablar es abrazarme
a tus labios
a tu aliento
al desafuero del desencuentro innecesario
a hilvanar deseos
suponer tus ojos cerrados
el cálido dulzor de tu saliva
de licor dulce a terciopelo
mas te prefiero como presa furtiva
distraída
confiada
confinada a la espera
de ideas improbables

Un beso
¿qué es un beso?
Sólo la sombra inmencionable y distinta
una manera simple
de partir en dos el deseo

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Versos del capitán muerto


“¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! …” y muchos no conocen más del poema. “¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! …” repiten recordando a un sujeto que representó el maestro de sus sueños. Ese que le pedía que arrancara las primeras páginas de un libro en honor a la rebeldía que demostraban sus corazones adolescentes.

La palabra es poder… y conocerla es más poderoso aún.

“¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! …” era simplemente un verso que pudimos leer en Hojas de la Hierba es una traducción terrible de Panapo, en un librito verde aquella tarde de lluvia en una reunión de los inadaptados entre los desadaptados en el dogout de una cancha de beisbol de colegio.

Después, como la tradición nos remitía, buscamos la versión original en inglés en la biblioteca del colegio (saber una lengua distinta a la nuestra se convirtió más que una necesidad técnica, una necedad para leer cosas que siquiera soñábamos saber que existían), donde sólo teníamos acceso a las 5:00 pm. No éramos los ratones de biblioteca, éramos las ratas, tragapoesia, traganovelas, deseosos y e insolente con las letras. Muy torpes y muy experimentales… hasta que la disciplina de la lectura nos sentó. “¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! …” fue Withman, Yeats, Keats, los malditos franceses, la generación del 98 y luego la histórica generación 27, los surrealistas y todos los que les siguen…

El capitán se quedaba sólo. Era solo un poema mas entre mares de letras y tinta y papel  y figuras e imágenes y técnica y estética. Lo semántico era apenas un nivel de análisis. Estaba lo pragmático, que nos superaba con creces y éramos incapaces de percibirlo. Era algo más allá que un profesor capaz de subirse de pie a un pupitre y enseñarte el ritmo con la marcha en un patio.

Era leer, escribir, leer y releer, escribir nuevamente, corregir, discutir. Escuchar a Musapi, a Gonzalo Rojas, a Cadenas y a Montejo, a Yolanda y su poema a la mujer sola, a Carlos Brito y sus historias sobre beisbol, a Chino y su poesía de sol, a Carmen Verdes con sus versos de tierra, a Abraham Abraham con su matemática poética, o caerse a cervezas con William Osuna aprendiendo la mala calle. Era el Techo de la Ballena, era Guaire. Eran esos pares que tomaban los versos que les caían en las manos y hacían cosas maravillosas. Era tocar la poesía que estaba viva. (Nota: aquí falta muchisima gente, pero no se como meterlos todos).

Era Gustavo Portella, mi hermano. El dueño de muchos de esos versos que hoy atesoro y respeto. Asi como de muchas de esas historias que jamás serán contadas de aquella adolescencia que nos persigue, como si quisera evitar quedarse relegada en el olvido.

Era la poesía.

El Capitán quedó como una película que muchos tienen en el recuerdo como “lo mejor y más inspirador que han visto”, algo así como cuando yo vi Tiburón la primera vez. Debo reconocerlo. Valió la pena conocer a un maestro así. Pero la inspiración sin técnica es como tener mamá pero muerta.

Por eso, después de escribir esta canción adolecente de la lectura, hoy que remuevo mis libros y mis versos para colocarlos en nuevas estanterías, les dejo el poema completo, más allá que para recordarles que ese verso tiene otros versos que le siguen, es en homenaje a aquel que los pronunciaba. Las historias están llenas de momentos, y como a todos nosotros, la mía tiene algunos pies de esa cinta.

¡Oh Capitán! ¡Mi Capitán! Nuestro viaje ha terminado;

el buque tuvo que sobrevivir a cada tormenta, ganamos el premio que buscamos;

el puerto está cerca, escucho las campanas, todo el mundo está exultante,

mientras siguen con sus ojos la firme quilla, el barco severo y desafiante:

Pero ¡Oh corazón!¡Corazón!¡Corazón!

oh, las lágrimas se tiñen de rojo,

mi Capitán está sobre la cubierta,

caído muerto y frío.

¡Oh capitán! ¡Mi capitán! Levántate y escucha las campanas;

levántate, izan la bandera por ti, por ti suenan las cornetas;

por ti ramos y cintas de coronas, por ti se amontonan en las orillas;

Por ti te llama la influyente masa, giran sus rostros impacientes;

¡Aquí Capitán!¡Querido padre!

Este brazo bajo tu cabeza;

Es como un sueño sobre la cubierta,

Has caído muerto y frío.

Mi capitán no responde, sus labios están pálidos e inmóviles;

Mi padre no siente mi brazo, no tiene pulso ni voluntad;

El barco está anclado sano y salvo, el viaje ha terminado y se ha hecho;

De un viaje temeroso, el barco triunfador, entra con su objetivo realizado;

Exultamos, ¡oh costas y tañidos, oh campanas!

Pero yo, con triste pisada

Camino en cubierta donde está mi Capitán

Caído muerto y frío.

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hecho con las manos


Tuvo el acto reflejo de llevarse el dedo a la boca después de la cortada en el dedo índice de la mano izquierda. Sabía que iba a pasar y se lamentaba porque ardoroso dolor que poco a poco la saliva hacía imperceptible, ya era recurrente en el mismo dedo, mismo dedo, mismo dedo.

Miraba el hilo como iba tomando el tinte rojizo amarronado de la sangre. La membrana se hacía evidente en el tejido mientras fue avanzando, sin embargo le parecía divertido. Pareciera que es una idea fenomenal convertirla en una firma personal, pensaba para sus adentros, pero que lo único malo era el pinchazo siempre en el mismo dedo, mismo dedo, mismo dedo.

Al terminar su obra solo había una forma de saber que su pieza, su obra de arte, era una pieza personalísima y perfecta para los placeres varios del balanceo. El hermoso mecate que colgaba de la arcayata de la pared se deslizó por el ojal, que dibujo suavemente un nudo caroreño, marca personal de la familia.

Cuando hubo estirado la tela, recostó su cuerpo en su obra maestra de hebras blanquecinas, y el punto rojizo amarronado que destacaba afanosamente. La mujer apareció por las puertas del taller con una taza de tinto humeante y curiosa preguntó:

- Que paso Chuito, ¿qué haces tirado en esa hamaca chupando dedo?

- Nada mi amor, que otra vez me corte…

- ¿Dónde?

- En el mismo dedo.

- ¿En el mismo dedo?

- Si… en el mismo dedo.

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Alquitrán


Chuo, como le decían, era un moreno pequeño y hacendoso en las labores de la casa. Le gustaba limpiar, cocinar y arreglar la casa. La casa no era muy grande. Se hacía más pequeña en las noches cuando llegaban todos de la calle a dormir: el, sus tres hermanos, sus tres hermanas, su madre y el catire.

Chuito era el único que quiso estudiar. Los chistes iban y venían burlándose todos los días porque Chuo salía de la casa limpiecito para la escuela. Sus Hermanos, callejeros y sinvergüenzas hacían lo que fuera para sonsacarle y evitar a toda costa su disciplina. Un día le enterraron el uniforme. Cuando lo encontró ya era tarde; sin embargo, se puso su uniforme lleno de tierra y se fue a la escuela como si nada importara. Al llegar de clases, dejó los libros en la mesa de la sala y uno a uno fue entrándoles a trompadas a sus hermanos. El catire sonreía mientras su madre aterrada le reclamaba por qué no los separaba… “ese… va ser más macho de todos los muchachos”.

Le gustaba la música y disfrazarse. En los carnavales se perdía entre la gente y llegaba tres días después con dinero en los bolsillos. Llevaba a los turistas a pasear por las mejores playas de la zona, les decía donde comer y donde quedarse a dormir, les mostraba el pueblo entero y en las noches los llevaba a las mejores fiestas del pueblo.

Cuando tuvo edad, el catire lo llevo a pescar. Tenía diez años (o eso dicen) cuando mucho. Fue una noche de esas que las nubes cubren todo el cielo y no se ve ni siquiera la luna. El mar estaba picado y de vez en cuando la lluvia los acechaba por segundos para parar y volver a llover. Sus hermanos se veían las caras porque no sabían que esperar.

En lluvias podía pasar cualquier cosa.  Catire siempre fue un pescador de mucha experiencia. Lanzaba la tarralla con una mano mientras que con la otra llevaba el motor de la lancha. Los gritos del carite siempre fueron violentos, seguidos de manotazos en la cabeza. Ese día llevaron más golpes que nunca, todos sus hermanos estaban mareados y empezaron a vomitar, por lo que las cosas no estaban saliendo como eran. Chuo sabía que era su primera vez. Se sentía animado y con ganas de no quedarle mal al catire.

Los colores se le subieron a la cara al catire. Pegaba gritos a Chuo para todos, mientras que les decía a los muchachos que eran unos inútiles de mierda. Cuando empezaron a recoger las redes, los peces salían por borbotones en el barco. Chuo halaba las redes con fuerza mientras que uno de sus hermanos vomitaba por la borda.

Cuando su hermano cayó al agua, el catire le dijo que lo dejara, que la red, esa última red, era más importante… con todas sus fuerzas, Chuo halo la red al bote y se lanzó a salvar al hermano que casi se ahogaba. El catire, dio vuelta al bote y enrumbo a la costa, dejando a los dos niños en el agua…

Chuo llego arrastrando al hermano por la manga, exhausto. El catire, con un paño en las manos y los pescados en cuñetes los miraba sonriente. “Bien… eso les pasa por no estar pilas… ahora suban esa vaina en la camioneta del viejo”. Luego de vomitar agua y cansancio, subieron los pescados en la cava que iba al mercado municipal. A la hora de irse, el catire le dijo que no le tocaba.

“Vas a untar todo el barco por dentro de alquitrán, dile al Chamo que te enseñe como”, señalando a un carajito rubio con los rulos y la cara quemados por el sol, que se encontraba parado al lado del  bote sacándose los mocos y con una totuma llena de una grasa negra y viscosa. “y hay que no quede cómo es, Memín”, dijo antes de arrancar.

Se gano el nombre del alquitrán. Después de aprender a calafatear los barcos, se llenó los bolsillos de plata para pagarse las clases, comprar libros y beber aguardiente los viernes. El catire le gustaba salir a pescar con el negro Chuo, pero nunca le dio dinero porque decía que con eso le daba de comer. Se había convertido en un muchacho de músculos grandes y de gran tamaño.

Sus días pasaban en la playa y en la escuela… y cuando podía, iba al cine a ver las películas de Pedro Infante y de Jorge Negrete, no porque le gustaba el cine, había algo en ellos que no dejaba de impactarle. Cuando vio Casablanca se enamoró perdidamente de los personajes. La vio tantas veces que se aprendió los diálogos de memoria.

Al cine siempre iban sus hermanas y su vecina Canelita. Para tener 15 años, Canela había sacado las caderas y unas tetas impresionantes. Los muchachos de la cuadra siempre la silbaban cuando iban al colegio, pero siempre Canela se guardaba de los abusadores en los brazos de Chuo. Su rostro era finito, con la nariz respingada y los labios finos. Su corazón, aunque no lo sabía, latía por su negro, y siempre que lo miraba le brillaban los ojitos. Su padre, el libanés del abasto, siempre recordaba a su madre cada vez que la veía: “belleza pura” le decía.

Canela soñaba en el cine igual que el negro. Iban siempre juntos a ver aquellas películas donde el héroe se quedaba con la heroína, donde Cleopatra se quedaba con Marco Antonio pese a Julio Cesar, donde la dama bonita se derretía enamorada con las canciones de Tin Tan, donde el amor era la única canción que escuchaban los dos.

Pero el Alquitrán no sabía como mirarla.

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La bruja


(Cuento corto, por ahora)

 

Es la noche temprana, no la oscura, es la que nace al caer  la tarde y la que es rica en colores. Es la que abraza a la mujer, su halo.

La mujer es la madre que se transforma en sabiduría, que a veces no es lo que se piensa sino el poder milenario de la noche con sus vidas y sus muertos.

Es la naturaleza que conecta sus picardías para dominar la realidad, para enderezar entuertos y validar sus consejos, más sabios y dulces que su ronca voz, que su violento decir, que su necesidad de templar. Es la bruja.

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Los adioses están de más


Todos los días son diferentes cuando llega la noche. Pero esta noche el insomnio no pasó por mi casa y estábamos a punto de dormir. Yo apague el televisor en esa ocasión: mi esposa había ejercido una disciplina férrea sobre el dormir y sus fantasmas; en pocos meses de casados, había alejado los fantasmas, las ánimas y los programas de cocina de mi mente, había logrado, en muchos casos, con éxito, que lograra conciliar el sueño antes de las 11 de la noche más de dos días seguidos.

Sin embargo, cuando el sueño nos encontraba sonó el teléfono: “Jorge se está muriendo”, me decía mi madre. Eran las 11 de la noche de un martes en una fecha en la que todos por lo general no nos sobran el dinero para emergencias.

No supe a quien llamar. Mi impotencia era tal que era incapaz de pensar, de reaccionar, de llorar siquiera. Los teléfonos que marcaba aleatoriamente no contestaban. “eran las 11 de la noche”, pensaba, mientras que mi esposa, entre la sorpresa y el sueño, trataba de tranquilizar mis ánimos de intentar teletransportarme a la casa de Jorge y salvarle la vida al menos…

Eran las 11 y media cuando la llamada de mi madre confirmo la muerte de mi amigo. Tomé un segundo en medio del stress. Tome un cigarro, y en medio de la incipiente lluvia de esa noche, fumé. Esperando, como todas las cosas malas de la vida, al despertar nada de esto hubiera pasado.

*     *     *

 Eso de un hombre llorar era una estupidez. Me parecía una mariquera. Sin embargo, lloraba. Era carnaval y había terminado con mi novia en mitad de Sabana Grande. Nos dimos un beso largo, tragándome las lágrimas. Luego recibí un golpe de papelillo en la cara. No quería llegar a la casa, no sabía que decir por qué un hombre de 15 años tiene que llorar. Subí la escalera de la casa, los siete largos, sucios e inhumanos pisos para que el sudor pudiera justificar las lágrimas de imbécil que tenía.

En vez de entrar a la casa fui directamente a la puerta de en frente. Jorge abrió la puerta y se cago de la risa. No era normal que me viera con la cara larga en una nube de papelillos que aun revoloteaba a mis alrededores. “Qué te paso marico”. Conteste con media voz que había terminado con Gina. Sólo giró a los muchachos y a vox populi les dijo “vamos a celebrar… que al negro lo han mandado al carajo”, me dio una cerveza y ahí comenzó la noche más larga y borracha de nuestras vidas.

 *     *     *

En medio de las luces de la noche sabía que mi noche comenzaba. Hermano del alma había muerto y no era suficiente saberlo. No pude hacer nada para ir a sacarlo de su quebranto. El, que tantas veces se había hecho cargo de los míos.

En algunas ocasiones mi esposa se despertaba y trataba de articular palabra, sin embargo, sabía que cualquier cosa que ella dijera iba a ser un pañito de agua caliente nada más. Era mi tristeza. Algo que yo solamente sabía, pero que los muchachos ignoraban: yo tenía que ser el vocero y por más que mi vida fuera tejida de vocerías, está en particular, no era la que más me agradaba.

 A las tres de la mañana me paré, tomé una cerveza de la nevera y de di un profundo trago, de esos que siempre les he dado. Han pasado muchos años desde que nos conocimos. Años en los que Jorge era un adolescente y yo uno de los niños del edificio. Nos hicimos amigos no por casualidad. El vivía en frente, mis amigos fueron sus amigos para el futbol, para las mujeres y para el alcohol, para la música y para las conversaciones estériles hasta las 5 de la mañana.

Pero…

Hubo conversaciones de la intimidad de ambos que solo se reducían a pequeñas reuniones de libros, de poemas propios y ajenos, de lecturas y relecturas. Fue culpa de nuestra necesidad de saber y conocer la que nos convirtió en una especie de simbiosis de alumno-maestro, siempre incomoda, porque al final siempre ambicioné estar a su par, algo particularmente imposible.

 *     *     *

Huidobro me tenía de cabeza. Era como un viaje de alguien que estaba medio drogado y que trataba de decir lo que veía. Era como descubrir con los ojos de otro en cabeza propia. Necesitaba un cigarrillo y a mi edad y en mi casa era imposible poder fumar tranquilo. Y para vicios y preguntas siempre estaba Jorge en su casa, o siempre estaba la casa de Jorge.

- Ya sé que estás leyendo… te dije que comenzaras a leer a Cortazar primero…

- No voy a leer a Cortazar. Va contra mis principios. Todos los imbéciles que se creen escritores leen a Cortazar como si fuera un manual de escritura. Y detesto que todos se lean entre ellos diciendo que es “muy Cortazar”

- Pero es que hay que ver que eres medio marico. Cortazar es más digerible…

- Si, pero no pienso ser uno cronopio más en la literatura adolescente.

- Es que hay que ver…

Página por página, Jorge sirvió los rones de la noche, mientras que discutimos sobre Altazor, luego sobre poesía, para terminar en la Euro y en mujeres. No sabíamos por qué nuestras lecturas tenían cosas en común, tenía resoluciones interesantes, tenia segundos, minutos y horas que podían ser de ocio, pero era para los libros que leíamos.

 *     *     *

Han pasado quince años de ello y leí a Cortázar creo que el año pasado. Me divertía sus poemas de amores imposibles con una lesbiana, me encantó su bestiario, y me embelesé con Rayuela, y creo, pese a que algunos cuentos de esos días no pudieron salvarse, no me envenené de un estilo que sencillamente evitaba.

Cambie la cerveza por un trago de ron puro. La lluvia mataba asquerosamente ruidosa el techo de la casa y tuve que cerrar todas las ventanas. Los truenos retumbaban en las paredes de la casa. Ya me había atacado el insomnio. Solo quedaba esperar el amanecer para vestirme e irme a encontrarme con el mal sueño ese que quizá estoy teniendo.

Mi esposa se paró en la puerta del cuarto y me preguntó que tenía pensado volver a la cama.

- Negro, ya es muy tarde…

- Lo sé, pero mejor ve a dormir. Yo no tengo sueño.

- Pero… ¿qué puedes hacer? ¿Qué ganas con quedarte despierto?

No ganaba absolutamente nada. Simplemente la noche era demasiado larga para tener una pesadilla tan perpetua como la de hoy. Me quemaba el pecho la culpa de saber y tener que llamarlos a todos para decirle que las cosas habían pasado así y que yo no había hecho nada por salvarle la vida, o por lo menos, estar junto a mi compadre la noche en que decidió irse sin despedida. Muy a su manera.

Carmen se sentó en mis piernas para besarme la frente y acariciar mi cabello siempre desdeñoso. La lágrima incipiente que esperaba la voz de partida simplemente aceleró el paso por las mejillas. Ninguna otra Salió. Carmen sonrió, me tomó de la mano delicada y sobria como es ella y me colocó en la cama. Quedaban dos horas para ver las primeras luces de la mañana y tragar amargamente la verdad.

*     *     *

Demasiado alcohol. Tocaba el disco de “Pies Descalzos” de Shakira creo que por vez sopotocientas y me dolía la cabeza enormemente por el chichón que me hizo Juan Eduardo tratando de romper hielo en mi cabeza. Juan yacía felizmente en el suelo luego de tratar de besar a mi prima para después irse en vomito en una maceta.

Jorge estaba sentado junto a mí, balbuceando palabras que solo otro borrachos en condiciones similares podía entender: “Marico… tienes que aceptar que la mierda esa que te di el otro dia era muy buena… el tipo… hace… lo que nadie… hace”; haciendo referencia a aquel libro que si me preguntan no me acuerdo de quien era. Mucho menos ebrio.

Yo estaba embelesado con el amanecer. Las luces empezaron a deslumbrar poco a poco en todo el cielo y era increíble lo que mostraba, en especial, por aquellas nubes que como nieve bordeaban el horizonte desde es el banquillo verde de un jardín donde se sientan los borrachos ven el amanecer.

De repente volví en mi cuando Mike, uno de los hijos de la dueña de la posada llegaba en su carro: un chevette rojo que escupía vallenato por la ventana. Saltó del estruendoso carrito con tres botellas de miche

Jorge y yo nos empinamos por partes iguales una de esas botellas de aguardiente anisado. Luego no creo recordar mas nada. Amanecí en mi cama escuchando los cuentos de los muchachos. Terminé entrando por la ventana de la casa con un estruendoso ruido que despertó a todos. Jorge dormía abrazando su sueter hediondo. A su lado, tenía el libro que estaba leyendo. Creo que fue la primera vez que escuchaba de Huidobro y Altazor:

“Altazor ¿por qué perdiste tu primera serenidad? / ¿Qué ángel malo se paró en la puerta de tu sonrisa con la espada en la mano? / ¿Quién sembró la angustia en las llanuras de tus ojos como el adorno de un dios? / ¿Por qué un día de repente sentiste el terror de ser? / Y esa voz que te gritó vives y no te ves vivir / ¿Quién hizo converger tus pensamientos al cruce de todos los vientos del dolor? / Se rompió el diamante de tus sueños en un mar de estupor / Estás perdido Altazor / Solo en medio del universo / Solo como una nota que florece en las alturas del vacío/ No hay bien no hay mal ni verdad ni orden ni belleza / ¿En dónde estás Altazor?”

*     *     *

Carmen me llama a las 6 de la mañana para despertarme… ya había amanecido.

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Te tengo


Te tengo con conciencia.

Te tengo.

 

La risa que me envuelve

los ojos alegres

la mano que me roza

 

Porque los momentos son dispersos

se guardan con llave

y son más que el tiempo

 

Un acto egoísta de querernos

decirnos la verdad de madrugada

cuando solo nos escuchan los secretos

 

Te tengo.

Más que eso,

me tienes

ahí está el secreto.

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Cobarde


Dudo

por qué mis versos salen de la punta de tus dedos

del entrecanto de tu boca

de tu cabello despeinado y sin aroma

 

No encuentro conciencia

ante el acto imperceptible de escribir

de escribirte de la manera que te escribo

pues a la luces de los silenciosos

las palabras escritas son el deseo de los cobardes

a menos que te las recite al oído

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Ella de Nuevo…


Me encantó conseguir este poemario de Ana Enriqueta Terán. Lo voy a disfrutar mucho. Lástima que llegué tarde al festival mundial de poesía de este año. Por lo que vi estuvo fenomenal.

Me encantó conseguir este poemario de Ana Enriqueta Terán. Lo voy a disfrutar mucho. Lástima que llegué tarde al festival mundial de poesía de este año. Por lo que vi estuvo fenomenal.

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