Comprendo la noche


Comprendo la noche
me ha acompañado siempre
esperando las luces de la mañana
susurrando los sonidos de la calle
por las rendijas de las ventanas

existe pornografía
películas viejas
unas cuantas imposibles de ver
muchos sitios de internet
y el suspiro del fatigado perro
que bufa por los sonidos del teclado

existen pensamientos
palabras… siempre las palabras
que terminan exhaustas algunas en la pantalla
muchas se pierden tristemente en la penumbra
de algunas ya ni me acuerdo

existen horas y minutos interminables.
ovejas contadas estrambóticamente
con el fin de conciliar el sueño ese
aquel que no se concilia

existen besos y botellas
canciones de despecho terrible
en los bares luminosos y agrestes
y chicas que sin mal o bien
desean pasar una noche distinta
si tienen suerte

pero lo que no existe es el sueño
el tiempo me ha permitido
comprendo la noche
pero ella no me comprende a mi

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Los libros aparecidos. Los poemas encontrados.


Tuve la oportunidad de salir de cacería a la Pulpería de los libros en Sabana Grande. Tengo gripe, pero esos paseos merecen la pena de alguna manera. La señora antipática y mal encarada no tiene ni idea lo mucho que significa para mi este paseo dentro de un sótano húmedo, desordenado, polvoriento y lleno de miles de historias que han sido contadas y están esperando ser parte del alma de una biblioteca de otro. Otro como yo.

Los libros no son casuales. No son una historia que acaba al cerrar el libro. Los escritores no son sujetos de suerte, son demiurgos que tienen por alguna razón algo que contar de lo que piensa, cree, sueña y ve; y como ustedes saben, hay escritores que son parte de la esencia de lo que somos. No es casual que les hable de Andres Eloy nuevamente. No es casual que les hable de Herman Hesse.

La bestia que muerde sus afiladas palabras

IMG-20140213-00459Yo siempre he dicho que Hesse me enseñó a escribir, aunque se pueda pensar que es algo peligroso hacer esa acotación. Sin embargo, hubo un momento de esos que las fuerzas poderosas de la naturaleza te ponen en sus manos las obras de semejante bestia en las manos… todas menos una: El Lobo Estepario. Este libro juzgó tanto mi lectura que me rehuyó malamente cada ves que pudo. Sidharta… Demian… Narciso… el viaje a oriente… sus poemas (aquí debo reconocer que Rilke también hizo algo de daño con sus consejos, pero esto es harina de otro costal) pero ese libro… Siempre fue rabioso, escurridizo, peligroso…

Por fin tuvimos ese fastuoso encuentro. fue un poco doloroso porque ver esa edición aporreada era terrible, sin embargo, todo este tiempo que ha pasado ha ablandado su carácter y deja que, al menos, pueda tomarla del lomo y acariciarla antes de que voltee el ocico y me muerda con sus encías sangrantes y afiladas palabras de sus primeras hojas. Al llegar a la casa la recosté en un lugar cómodo, esperando que se deje domar prontamente cuando termine con ese libro que ando leyendo en ese pequeño aparatito electrónico que me tiene distraído en los últimos días con los Juegos del Hambre.

Carlos Andrés pasó por la casa y trató de darle una caricia, y debo reconocer que aunque las heridas no fueron de gravedad, fueron suficientes para que le dejara quieto en su aposento. No me extraña la página marcada con el voucher de compra de aquel día…

Teatro mágico. Entrada no para cualquiera. No para cualquiera.

Giraluna y los versos de la conciencia

IMG-20140213-00458

Mi casa no era de cultivar mucho los versos. Eran de música, de rock, de salsa, de muchos libros, pero los versos, los pocos versos que conocía eran de los clásicos que mi papá debía leer, o de Aquiles y Andres Eloy. Los poemas fueron llegando poco a poco en libros y paseos… todo comenzó por culpa de Becquer, de Gabriela y de Pablo, quien por lo general me acompaña mientras escribo, reflexivo, pensando en el mar.

Aunque creo que Andres Eloy fue algo más maduro… fue cuando en una oportunidad me encontré con el poeta, con el periodista, con el cuentero, con el político… con el hombre de conciencia… con el hombre es escribió la conciencia: después de ello siempre quise ser así… Menuda tarea.

Casualmente, el poeta aparece con versos escritos en tres tomos que reúnen sus palabras en un cuento dejando un sendero de historia en mi biblioteca. Nunca había tenido su poesía en la mano como hoy… siempre eran esos poemas que se entrelazaban entre ellos cuando la palabra se dejaba… Andres, el poeta de las luchas, de la rebelión de la conciencia, de los versos exquisitos, del pensamiento claro y sensato, aparecía, como siempre, a aconsejarme el corazón y la memoria, como un abrazo sincero en un momento tan álgido.

Ya quisiera yo ser menos torpe, menos gordo, menos inútil para el cambio de conciencia que necesitamos. Solo se que soy un palabrero que cree en la libertad de prensa, en la libertad de pensamiento, y en la libertad de conciencia. Que odia el periodismo agachado y complaciente, que detesta las palabras floridas de los zátrapas que pretenden engañarnos con un discurso que resiste a un enemigo de palos y piedras, contra unos que pretenden levantarse en nombre de un pueblo que no come y que seguramente, comerá menos con los días.

¡Carajo Andres Eloy, cuándo has aparecido!

Y si. Leerlo me causa una curiosidad tremenda… hurgo en nuevamente entre las hojas porosas y amarillas de historia… y remito: ¿por qué exiliar a un hombre que escribe estos versos? y lo recuerdo, cuando en aquellas noches de redacción leía y releía las notas que tanto lío me causaron. Aquellas ocasiones que me tocó escribir las palabras a una persona que admiro y respeto, y que con la misma admiración y el mismo respeto, pronunció palabra por palabra eso que había escrito, cuando lanzó su campaña presidencia. Más orgullo me dio leer los comentarios que tuvo  la prensa ante tales palabras… (para salvedad propia, corro hacia adelante… no fue a Rosales… gracias a los astros no fue él) Pero no era yo el que escribía, escribía la conciencia que tengo como venezolano que siente y cree que la historia se tiene que escribir, con palabras claras y respetuosas, pero tambien con palabras bonitas… y hoy, sigo pensando igual. Debe ser “ese dulce mal del que me estoy muriendo”.

Nací en una revuelta,

viví una revolución

y me voy por la puerta de un idílio.

Estoy de pie en los campos

que mi calor maduró al fin para los hombres.

Ante mis ojos,

las llanuras que sabían a sangre

están tendidas, puestas a secar.

De la montaña ideológica

quedó una frase  de divinidad sustantiva:

el Hombre es una fuerza que ama.

Ayer fueron los lobos a comer a mi puerta

y el lobo es el hombre del lobo.

La tierra está calmada como después de un cuento.

Quien menos oye, oye amar a la semilla.

El caliente ecuador

es una rueda de amigos

y una espirar de voces  acuatiza en las nubes.

Yo vi el día solar en que murió la guerra

y puse mi reloj en el primer minuto.

Soy Magro. La calavera

asuma a flor de piel;

dos hilachas de nieve atraviesan la calva;

tengo el amarillento de las hojas de octubre

y mucho escrito en el pergamino de las manos.

Pero siento elásticos los tendones

y tengo una legua de mirada.

Aquí estoy en los campos.

Bebí el ultimo trago romántico

y el primer sorbo ultraísta.

Le di la vida, instante por instante,

todo, todo y la noche extra sobre el cuadrante.

Con la voz de mis horas Cantó ella;

lo que el camino me iba sembrando por los pies, 

me florecía en la cabeza.

Amor; viví bastante

para encontrar de nuevo a mi primera novia

y tomarla otra vez en su primera nieta.

Tuve archivo;

lo he ido quemando.

Amo al arte en el Poeta de Hoy, 

bello como el atleta griego,

tallado de deportes,

que salta de la cama al estadio

y va a la plaza pública, donde el pueblo lo usa

para lanzarlo como el disco en la armonía de la mañana.

Creo en el poeta útil,

soberanamente altruista,

y aladamente extraterritorial,

cuyo canto higienizado

sea un surtidor de salud

que se respire como u temperamento.

Tengo ciento tres años,

firmes, como erecciones.

Recuerdo el día

en que fui injertado en la glándula taumaturga.

El cirujano

sembró en mí la astilla de eternidad.

Para injertarme

trajeron a un gorila e timidez resuelta,

como la que da el ojo de un inmigrante joven.

Era un hermoso cuadrumano, 

el segundo de la selva

el hermano de leche de mi resurrección.

Al concluir el injerto,

quedé dormido.

Pero esa misma noche

empecé a sentir mi huesped moverse.

Se aclimata a mis vías urbanas

con torpeza de cirado pueblero.

Lo sentía saltar de rama en rama

hasta la copa de mi árbol circulatorio.

Lo sentía colgado por el rabo de mis nervios;

y al fin se fue asomando al sabor de mi boca

cuando la carne del balneario se desgajó sobre la arena.

Tengo ciento tres años,

firmes como erecciones,

y digo que la vida es buena de beberla.

Tengo cien hijos míos

y en mi próximo plano

seré el mejor logrado de mis nietos.

Tengo cien hijos míos

y uno que tuve en nombre de mi hermano el gorila,

porque puse el tenerlo mi pedazo de él.

Estoy de pie en los campos, esperando a mis hijos

para darle el santo y seña de mi vuelta.

Soy un siglo con erección de antena

y gozaré el sembrarme en el surco caliente.

Ese día -¡por fin!- la amada tierra y yo

acabaremos juntos.

Regresaré. El amor estará cosechando.

encontraré plantada una selva de madres

y al dar mi canto nuevo a los cuatro horizontes

regresarán mis hijos, eternos de esperarme.

Autoretrato. Andrés Eloy Blanco.

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La parte gris de todo esto…


Quiero una caricia

para guardarla en la luna

en los pedazos cuerdos

en los versos ahogados

escondido entre las raíces

cuando las noches sean sólidas en la ventana

entre lo insensible

entre los silencios

entre las gasas grises

de los encantos de la duermevela

 

Estoy dispuesto en dejarme ir

entregarme en la frontera

saltar grado tras grado por las luces

recordar una caricia

cuando lo pensable se disipe

 

Sin culpa alguna

extrañaré el olvido

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LOS HIJOS INFINITOS – Andrés Eloy Blanco


Para Ana

Español: Monumento al venezolano Andrés Eloy B...

Español: Monumento al venezolano Andrés Eloy Blanco en el Parque del Retiro de Madrid (España). Detalle. (Photo credit: Wikipedia)

Sé que Andrés Eloy es una referencia perenne en este sitio. Debe ser porque crecí recitando sus poemas en la casa, leyendo sus bromas, y con los años, sorprendiéndome de sus discursos políticos y sus habilidades como orador. Como hombre de pueblo, como político incansable y como gran venezolano, insisto, Andrés Eloy, sin dejar a un lado a otros intelectuales de su época, es el poeta, el periodista, el político y el humorista más influyente en la Venezuela Moderna.

Estoy leyendo una antología que conseguí en estos días: Andrés Eloy Blanco: Cuatro Dimensiones, de De la A a la Z Ediciones. Entre sus páginas me encontré con un poema que me recordó mucho a mi Anita.  Sabemos que entre sus vetos, sus presidios y sus intermitentes e interminables exilios, Andrés Eloy era un hombre familiar, con un profundo amor a su madre, a sus hermanas, a su esposa y sus hijos.

Como poeta de transición entre lo romántico y lo moderno, era muy común encontrarse versos profundamente influido por la literatura romántica, con una rima exquisita y un lenguaje que evoca al castellano culto y vernáculo de la época, lo que lo convierte en uno de los poetas populares y del habla culta más importante de esos años.

Pero al final, hablar de Andrés Eloy, (asunto que muchos podrán mencionar mucho mejor que yo obviamente) no es el foco de este poema. Encontré estos versos muy bonitos que consideré dedicarle a mi comadrita en estos días que está de cumpleaños, embarazada de una niña y con Santiago de dos años. Como siempre, mi maestro en la distancia del tiempo, escribió oportunamente este poema… que se parece a todos esos poemas que queremos recitar para la gente que amas y quieres cuando caminan preñadas de esperanza.

Cuando se tiene un hijo,
se tiene al hijo de la casa y al de la calle entera,
se tiene al que cabalga en el cuadril de la mendiga
y al del coche que empuja la institutriz inglesa
y al niño gringo que carga la criolla
y al niño blanco que carga la negra
y al niño indio que carga la india
y al niño negro que carga la tierra.

Cuando se tiene un hijo, se tienen tantos niños
que la calle se llena
y la plaza y el puente
y el mercado y la iglesia
y es nuestro cualquier niño cuando cruza la calle
y el coche lo atropella
y cuando se asoma al balcón
y cuando se arrima a la alberca;
y cuando un niño grita, no sabemos
si lo nuestro es el grito o es el niño,
y si le sangran y se queja,
por el momento no sabríamos
si el ¡ay! es suyo o si la sangre es nuestra.

Cuando se tiene un hijo, es nuestro el niño
que acompaña a la ciega
y las Meninas y la misma enana
y el Príncipe de Francia y su Princesa
y el que tiene San Antonio en los brazos
y el que tiene la Coromoto en las piernas.
Cuando se tiene un hijo, toda risa nos cala,
todo llanto nos crispa, venga de donde venga.
Cuando se tiene un hijo, se tiene el mundo adentro
y el corazón afuera.

Y cuando se tienen dos hijos
se tienen todos los hijos de la tierra,
los millones de hijos con que las tierras lloran,
con que las madres ríen, con que los mundos sueñan,
los que Paul Fort quería con las manos unidas
para que el mundo fuera la canción de una rueda,
los que el Hombre de Estado, que tiene un lindo niño,
quiere con Dios adentro y las tripas afuera,
los que escaparon de Herodes para caer en Hiroshima
entreabiertos los ojos, como los niños de la guerra,
porque basta para que salga toda la luz de un niño
una rendija china o una mirada japonesa.

Cuando se tienen dos hijos
se tiene todo el miedo del planeta,
todo el miedo a los hombres luminosos
que quieren asesinar la luz y arriar las velas
y ensangrentar las pelotas de goma
y zambullir en llanto ferrocarriles de cuerda.

Cuando se tienen dos hijos
se tiene la alegría y el ¡ay! del mundo en dos cabezas,
toda la angustia y toda la esperanza,
la luz y el llanto, a ver cuál es el que nos llega,
si el modo de llorar del universo
el modo de alumbrar de las estrellas.

LOS HIJOS INFINITOS – Andrés Eloy Blanco

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Pensar en la libertad


erase una vez

Ana me preguntó por pin (Si… sigo siendo usuario Blackberry) que le dijera, en tres palabras, qué es la libertad. Además, para complicar las cosas, me preguntó de qué color era. “¿De qué color es la libertad y qué significa? Perro…”

Me costó unos minutos, porque quería hacer una pregunta consiente. “La libertad es Responsabilidad y es de color blanco”, le dije.

Algunos asocian la libertad con la expansión y la capacidad de hacer cosas. En lo personal, la libertad se trata de una posibilidad, y esa posibilidad, esa capacidad de decidir, debe, tiene que ser responsable. Yo siempre he creído que eso del libre albedrío, la capacidad de decidir sobre lo bueno o lo malo, es lo que realmente se basa eso que los cristianos le llamamos el pecado original. Se trata de esa terrible sensación en el cuerpo de tomar la decisión sobre las cosa que pasan en nuestra existencia porque, aunque suena loco, éramos más libres cuando no teníamos que decidir nada: teníamos el placer y la belleza al alcance de  nuestras manos, sólo por acatar la orden “de este árbol no comerás” (¿muy socialista del siglo 21 ese concepto no?).

Pero no. No podíamos soportar que otro nos diera todo lo que deseamos, o lo que suponemos desear. Teníamos que probar, ambicionar, querer más que el placer y la belleza, tenerlo todo en el paraíso. Por eso nos dieron la libertad: la libertad de decidir entre lo bueno y lo malo sin la protección de algo superior, la libertad de decidir nuestro propio destino, la libertad de ser responsables de nosotros mismos.

Pero por qué blanco… es sencillo. Los que escribimos nos gusta jugar a ser dios (Si, segunda locura del día).la posibilidad de cualquier cosa, de decidir el destino de un universo entero, de ver más allá, de saber que piensa el otro, que trama, que desea y que siente, la capacidad de soñar, sentir y pensar lo que sea, se define en la famosa hoja en blanco, ese enemigo del escritor, ese doloroso esperpento que muestra la posibilidad de cualquier cosa. Ese monstruo que crea dolorosas crisis del “Síndrome de la página en blanco”.

Creo que por eso, así como dios creo la luz, algún ingenioso maestro se le ocurrió romper la falsa tensión que causan los demonios de papel… Y así, con la furia de un Titán presto a asestar un golpe certero a Los Argonautas, con pulso preciso de su mano izquierda, con grafema orlado y prístino, escribió:

 “Érase una vez…”

Y pecó nuevamente.

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De vuelta al Discurso…


Empecé a estudiar discurso por  una necesidad de tener herramientas para decir. Me intrigaba fundamentalmente aquellas cosas que pensaba el otro y como engranar la palabra con su conciencia previa. Claro… con el tiempo me di cuenta que es muy difícil saber eso, sin embargo, entender los sistemas de nuestro idioma y sus funciones desde una perspectiva pragmática, me hizo comprender algo que en los años de política, y quizás ahora en la práctica sigue siendo una de las estrategias más complejas de dominar, me aconsejaban los asesores: “No vienes a cosechar preguntas, sino a sembrar un mensaje”.

Es cierto que el análisis del discurso siempre ha sido una herramienta anacrónica de análisis. Siempre tomamos los discursos después de hecho y los diseccionamos de manera médica hasta desgranar los procesos del texto, y hasta cualquier idiota podría decir que con un análisis de contenidos podrías tener los mismos resultados (¬¬) pero no es así.

Creo que esos años en la escuela de Lingüística me dieron una perspectiva distinta de lo que es la lengua y su forma y función, y obviamente, de lo poco formado que somos en los aspectos formales de nuestro idioma, donde nuestra tozudez nos hace olvidar que la lengua es un animal vivo, que camina, que muerde, que habla y se transforma. En definitiva, que el lenguaje es una herramienta de uso y su uso define su forma y su función. Creo que ya no soy tan terco con esas cosas.

Estoy retomando mis lecturas sobre los estudios del discurso, sin embargo, ahora con una visión más libre, menos estresante y menos relacionada con esos aspectos formales de la academia. La escuela fue fenomenal para entender qué debo revisar y a quien debo leer, sin embargo, estoy consciente de mis deficiencias y estas no son precisamente salvables en la academia, que tiene una serie de exigencias y tiempos que cumplir en las que algunas de mis aptitudes no son suficientes. Ojo, no es que yo sea un completo idiota, sólo que a veces tu columna vertebral de conocimientos previos no aguanta un peso tan serio como la Lingüística Sistémica Funcional… debo aceptarlo.

Pero…

Si… me enamoraron del tema… y aquí sigo. Estoy Leyendo la Lingüística de los textos narrativos.

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Belleza No. 7


Se dibuja la silueta de tu rostro
acertando los contornos de la belleza

Tus labios seducen
en lenguas inexplicables a los dioses ajenos

Crepitas como danza
de fuego, sombra y sangre

Las noche te observa rendirle culto
solo ella sabe tu nombre

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Belleza No. 6


las uñas rosa naranja
Son las causantes del incesante sonido
del dinero frotado nerviosamente mientras pagas

Los dedos juegan con el celular
Dando volteretas mientras llegan
Los mensajes que desesperas recibir

Las manos golpean afanosamente
Las teclas de la computadora
Mientras deseas que el tiempo pase más rápido

El ademán de tu palabra
Se enreda en tu cabello
En la caricia curiosa de tus nalgas
En morderte la punta del índice pensativa

Quiero hablarte a tus manos de deseo.

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POEMAS DE SU BOCA (2)


La cuentacuentos se levantó de la silla y comentó que no se acordaba muy bien del poema… pero que para ello había buscado y encontrado el libro. Lo traía en las manos: ilustrado, de bonitos colores, así, así, como es ella. Lo tomaba entre su pecho como si fuera un tesoro: para ella los libros son un tesoro y por esa razón ella los carga como tal. Es normal. Ella se levantó de la silla así: como un hada de cuento, que tiene los tesoros más preciados en una gaveta, cosas que otros creerían que son herrumbre y estropajo.

*             *             *

Rubén Darío era uno de esos poetas que no entendía. Silvana Rénola de Losada, profesora de Literatura de Humanidades en el San Ignacio, además de ser una gran maestra de otras cientos de cosas, hablaba de Rubén Darío como si estuviera hablando de dios nacido entre los hombres, y nadie entendía. Yo que para aquellos días tenía cierta aversión por su poesía, renegaba de él así como de William Osuna. Era un “Romántico”, decía. Algo que un joven adolescente podía renegar libremente sin el conocimiento necesario y no pasar por un simple estúpido.

 Silvana, tal como si fuera yo un muchacho de tercer grado, me tomó de la oreja y me encerró en el salón de profesores después de una clase de literatura interminable, repleta de improperios contra el poeta… “ese es el daño que te hizo el poemario de Luis Edgardo Ramírez, yo lo sé…” y con tiza en mano, a la antigua, pues, tomó unos cuantos poemas del mentado y me hizo copiarlos uno a uno en la pizarra. Luego me trajo a la luz: “este poeta es un genio, y te lo voy a demostrar…”

 Minutos después, no salía de mi asombro…

*             *             *

Años antes había estudiado la métrica del verso. Fue algo así como un ejercicio de Baldor… De repetir y repetir los versos matemáticamente, uno tras otro, contándolos sílaba por sílaba.

Esa tarde, releyendo a aquel que renegaba malamente. Conté una a una sus líneas, las licencias y los acentos, sin desatender el ingenioso malabarismo de palabras y la estética pura y perfecta del poeta.

Me senté en clases de historia del arte boquiabierto y abyecto a causa del trabajo que había realizado la tarde anterior. “Magnífico”, dije, mientras que Silvana seguía hablando de Van Dijk. Ella sabía que yo seguía en los versos del poeta aún, mientras ella enseñaba acerca de los pintores flamencos…

*             *             *

 La cuentacuentos no recitaba… Danzaba por la casa, batiendo sus cabellos castaños, en los que torpemente se le enredaban los versos que salían revoloteando de su boca. Bailó y bailó hasta que se acabaron las páginas en un segundo de satisfacción plena.

Ana volvió a tocar tierra. La cuentacuentos había muerto como las flores, como acostumbraba a morir después de acabar la historia, mas no sin antes dejar la casa totalmente impregnada de su aroma dulcísimo a nardos.

 … así narró los versos de Rubén Darío Ana Carlota Nuñez París, en una noche de sanduches, berros, estrellas y poemas sonámbulos.

Margarita, está linda la mar,

y el viento

lleva esencia sutil de azahar;

yo siento

en el alma una alondra cantar:

tu acento.

Margarita, te voy a contar

un cuento.

Éste era un rey que tenía

un palacio de diamantes,

una tienda hecha del día

y un rebaño de elefantes,

un kiosko de malaquita,

un gran manto de tisú,

y una gentil princesita,

tan bonita,

Margarita,

tan bonita como tú.

Una tarde la princesa

vió una estrella aparecer;

la princesa era traviesa

y la quiso ir a coger.

La quería para hacerla

decorar un prendedor,

con un verso y una perla,

y una pluma y una flor.

Las princesas primorosas

se parecen mucho a ti:

cortan lirios, cortan rosas,

cortan astros. Son así.

Pues se fué la niña bella,

bajo el cielo y sobre el mar,

a cortar la blanca estrella

que la hacía suspirar.

Y siguió camino arriba,

por la luna y más allá;

mas lo malo es que ella iba

sin permiso del papá.

Cuando estuvo ya de vuelta

de los parques del Señor,

se miraba toda envuelta

en un dulce resplandor.

Y el rey dijo: “¿Qué te has hecho?

Te he buscado y no te hallé;

y ¿qué tienes en el pecho,

que encendido se te ve?”

La princesa no mentía.

Y así, dijo la verdad:

“Fuí a cortar la estrella mía

a la azul inmensidad.”

Y el rey clama: “¿No te he dicho

que el azul no hay que tocar?

¡Qué locura! ¡Qué capricho!

El Señor se va a enojar.”

Y dice ella: “No hubo intento;

yo me fuí no sé por qué;

por las olas y en el viento

fuí a la estrella y la corté.”

Y el papá dice enojado:

“Un castigo has de tener:

vuelve al cielo, y lo robado

vas ahora a devolver.”

La princesa se entristece

por su dulce flor de luz,

cuando entonces aparece

sonriendo el Buen Jesús.

Y así dice: “En mis campiñas

esa rosa le ofrecí:

son mis flores de las niñas

que al soñar piensan en mí.”

Viste el rey ropas brillantes,

y luego hace desfilar

cuatrocientos elefantes

a la orilla de la mar.

La princesita está bella,

pues ya tiene el prendedor

en que lucen, con la estrella,

verso, perla, pluma y flor.

Margarita, está linda la mar,

y el viento

lleva esencia sutil de azahar:

tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,

guarda, niña, un gentil pensamiento

al que un día te quiso contar

un cuento.

Rubén Darío

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Poemas de su boca (1)


Anoche las cosas se llenaron de poesía como un polvillo claro que cubre todo y que se convierte en un velo indescriptible y silencioso. Anoche ellas recitaron los versos, no yo… y esos versos me recordaron a uno de eso escritores que nunca se dejan pasar porque quedan en la palabra.
José Ángel Buesa es uno de esos poetas que encumbramos entre rones y fútbol en casa de Gustavo. El libro estaba allí. Solo había que ojearlo para descubrir en unos pocos poemas que era fundamental entre los novísimos que nos faltaba por descubrir en ese momento. Comerse sus libros no fue problema; de hecho, era justo y necesario.
Anoche ellas me lo recordaron… con un poema que solo un poeta es capaz de escribir con nobleza, con un poema que solo un poeta es capaz de escuchar con atención.

Amigo: Sé que existes, pero ignoro tu nombre.
No lo he sabido nunca ni lo quiero saber.
Pero te llamo amigo para hablar de hombre a hombre,
que es el único modo de hablar de una mujer.
 
Esa mujer es tuya, pero también es mía.
Si es más mía que tuya, lo saben ella y Dios.
Sólo sé que hoy me quiere como ayer te quería,
aunque quizá mañana nos olvide a los dos.
 
Ya ves: Ahora es de noche. Yo te llamo mi amigo;
yo, que aprendí a estar solo para quererla más;
y ella, en tu propia almohada, tal vez sueña conmigo;
y tú, que no lo sabes, no la despertarás.
 
¡Qué importa lo que sueña! Déjala así, dormida.
Yo seré como un sueño sin mañana ni ayer.
Y ella irá de tu brazo para toda la vida,
y abrirá las ventanas en el atardecer.
 
Quédate tú con ella. Yo seguiré el camino.
Ya es tarde, tengo prisa, y aún hay mucho que andar,
y nunca rompo el vaso donde bebí un buen vino,
ni siembro nada, nunca, cuando voy hacia el mar.
 
Y pasarán los años favorables o adversos,
y nacerán las rosas que nacen porque sí;
y acaso tú, algún día, leerás estos versos,
sin saber que los hice por ella y para ti…
 
José Angel Buesa 
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